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jueves, 8 de noviembre de 2012

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ, VIGENCIA DEL ALEGATRO DE FIDEL Un replanteo de los desafíos presentes para ver si la historia nos absuelve


Guillermo Martín Caviasca

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ, VIGENCIA DEL ALEGATRO DE FIDEL
Un replanteo de los desafíos presentes para ver si la historia nos absuelve

Si queremos que los hombres nos sigan hay que enseñarles un camino y una meta digna de cualquier sacrificio. Lo que fue sedimentado con sangre deber ser edificado con ideas.

Hace 50 años Fidel Castro pronunciaba su alegato final en el juicio que se le seguía por el intento de derribar al régimen de Batista; su alegato terminaba con la profética sentencia “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. Seis años después las tropas del ejército rebelde entraban en La Habana y el gobierno revolucionario comenzaba a poner en práctica el programa que Fidel había expuesto en aquella declaración.
Pero, ¿qué fue lo que permitió el acenso de los revolucionarios al gobierno? ¿Cómo lograron concenso de las masas? ¿Qué permitió que el alegato de Fidel no cayera en el vacío? El asalto al cuartel de la Moncada, militarmente frustrado, había oficiado como un gran hecho de propaganda armada, colocando a los jóvenes ortodoxos disidentes[1] en la primera línea de la atención del pueblo cubano. De modo que seis meses después, durante el juicio oral y público, Fidel pudo transformar su alegato en un hecho político de envergadura, dando a conocer un programa revolucionario que --si bien tenía similitudes con muchos programas antiimperialistas y populares--, contaba con el respaldo de la sangre de 61 jóvenes caídos en su defensa, lo que lo hacía mucho más creíble para el pueblo. Es en estos meses cuando comienza a perfilarse ante las masas cubanas una nueva fuerza política claramente diferenciada del evolucionismo de los comunistas cubanos[2] y de la impotencia del populismo ortodoxo.  A partir de allí mucho dependerá de la coherencia y la capacidad de los revolucionarios para ganarse a las masas: “Si queremos que los hombres nos sigan hay que enseñarles un camino y una meta digna de cualquier sacrificio. Lo que fue sedimentado con sangre deber ser edificado con ideas”[3], escribe Fidel entonces.