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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los montoneros y el enfrentamiento con Perón


Guillermo Martín Caviasca

 

Los montoneros y el enfrentamiento con Perón


El objetivo de este artículo es abordar el tema de las relaciones de la Organización Montoneros con el que fuera el líder del Movimiento Peronista, el General Perón. Acotaremos el análisis al periodo de tiempo que va entre el retorno del General al país y su muerte: o sea, desde el frustrado recibimiento de Ezeiza el 20 de junio del 73, hasta el primero de julio del 74. Dos aclaraciones son pertinentes sobre esta elección; primero, que se basa en el lapso de tiempo en el que efectivamente los Montoneros y Perón debieron compartir el escenario político en forma concreta y que coincide a su vez con el momento de mayor masividad y presencia política de la organización ya fusionada con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Segundo, que en el análisis de las relaciones de Perón con la guerrilla en general  los años 73-74 son solo un período de tiempo en el que el cambio de las condiciones políticas (apertura democrática y vuelta de Perón al país en forma definitiva), produce también un cambio en las posiciones del general respecto de la guerrilla.
En este sentido, si el objetivo de este artículo fuera analizar en su conjunto las relaciones entre Perón y la guerrilla deberíamos pensar en dividir este artículo en dos partes una, hasta el 73 y otra, a partir de ese momento. De esta forma excluimos de este trabajo los años previos a 73 que nos acercarían una explicación racional de la existencia de organizaciones armadas que luchaban por el socialismo y se definían como peronistas. Un observador agudo podría haber notado en el 69-73 la existencia de hipótesis de conflicto entre la guerrilla y Perón. Muchos peronistas revolucionarios así lo vieron y fueron delineando la construcción de una alternativa peronista más allá de Perón: en el 73, la Alternativa Obrera Independiente[1]. En general estos militantes eran luchadores de una generación anterior a la de los guerrilleros, que habían vivido en carne propia los efectos de la política pendular del general y estaban curados de espanto.
Armando Jaime[2] nos cuenta sus discusiones con Roberto Quieto en la cárcel de Chaco, en las cuales el líder de las FAR le afirmaba su gran y sincera confianza en que Perón sería cabeza de un proceso de liberación nacional tal como lo pensaban las organizaciones armadas. Jaime, viejo dirigente de la resistencia en Salta, ponía en duda la convicción de Quieto, pero las aparentes (y en muchos casos reales) coincidencias con el general en ese momento y la enorme movilización de masas en torno al luche y vuelve, dieron al veredicto final a favor de los que apostaron a las elecciones del 73 y al liderazgo de Perón.   
Montoneros tuvo en principio una valoración altamente optimista de las posibilidades abiertas el 25 de mayo. Fue parte del gobierno y declaró públicamente el cese de sus operaciones armadas. Consideraba que se había iniciado un proceso de liberación nacional y consecuentemente, a medida que se agudizaran las contradicciones, sin duda Perón, los trabajadores y su vanguardia, Montoneros, se impondrían a la gran burguesía, la burocracia sindical y la reacción interna, captando en esta lucha a sectores de la burguesía nacional, de las fuerzas armadas y de la clase media. Este razonamiento no podía ser sostenido sin su premisa política básica: que Perón era revolucionario y quería algún tipo de socialismo[3]. Pero este optimismo duró poco tiempo. Y hacia fines del 73 su caracterización era opuesta, calificando su posición optimista anterior como “pensamiento mágico”. En la “Charla a los frentes” se autocriticaron duramente: “Este pensamiento mágico lo podemos caracterizar como una especie de infantilismo político, es decir, un pensamiento maduro que produce a su vez, picos de nuestra reacción, picos de exitismo y de derrotismo”[4].
Más adelante en el mismo documento polemizaban con las ideas de Perón. Si como insistía el general Montoneros era una “formación especial”[5] (como las denominaba Perón, con gran sutileza) sus objetivos ya se habían cumplido con ayudar a la crisis del régimen militar que había permitido la vuelta del peronismo al gobierno. Decían ya en noviembre del 73: “Nosotros pensamos hoy que Perón nos denominó formaciones especiales porque dentro de su proyecto ideológico-político no cabe la noción de vanguardia (...) Éramos una especie de brazo armado del peronismo (...), una formación especial es algo que existe para un momento especial”. Una formación especial funciona ad hoc en circunstancias especiales, y para Perón su proscripción era una de esas circunstancias; pero el General tenía bien en claro los riesgos que para su estilo de conducción implicaba una organización armada que se autonomizara de él, que sostuviera su prestigio en las masas con bases propias y que, además, tuviera otra ideología. En pocas palabras, Perón no estaba dispuesto a aceptar compañeros en la conducción, ni a discutir la ideología del movimiento, sólo aceptaba subordinados[6]. Pero además de la personalidad del líder y del estilo de conducción (típico para movimientos populares como el peronista), la concepción política de Perón se encuadra perfectamente dentro de las ideas modernas del Estado: monopolio de la fuerza interna y externa y la concepción del Estado como realización superior de una comunidad de individuos libres sin lucha de clases[7]. La Comunidad organizada no admitía fuerzas coercitivas por fuera del Estado (en teoría ni fascistas ni revolucionarias).
Entonces, para Perón, Montoneros debía desarmarse y funcionar como una agrupación más del movimiento por él conducido. La alternativa (elegida por «la M) era definirse como vanguardia para la conducción del peronismo, transformándolo en un movimiento de liberación nacional[8]. “Esa confusión –sostenía ‘la M’ en noviembre de 1973, respecto a su rol después de la vuelta de Perón- existía en nosotros mismos (...), es lo que determina que a partir del 25 de mayo la confusión acerca de la actividad que nos cabe, porque si somos formación especial y no vanguardia (...) teníamos que disolvernos (...) pero si no, hay que lograr la conducción del movimiento peronista para transformarlo en MLN total”[9]. Estos desafíos tuvieron un fuerte impacto en la evolución ideológica hacia la izquierda de Montoneros, ya que, además, se dieron paralelamente al proceso de fusión con las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a la ofensiva de la derecha.
Ese proceso que podemos delimitar entre el 11 de marzo de 1973 y el 1° de mayo de 1974, no se produjo sin que se dieran algunas escisiones basadas en el rechazo al marxismo como método de análisis y la opción por la ortodoxia hacia Perón (como fue el caso de la JP “Lealtad”), que los montoneros calificaron a posteriori como “oportunismo de derecha”. Es necesario aclarar que la influencia de las concepciones marxistas y su acercamiento paulatino a modelos leninistas, en Montoneros no se debieron sólo (ni principalmente) a la fusión con FAR. Por un lado, como organización que pretendía una revolución socialista, debía debatir sus posiciones con el resto de la izquierda, y esto sólo se podía hacer conociendo el marxismo, que era el lenguaje político ideológico común a todos los revolucionarios de la época. Además, el socialismo[10] tal como lo concebían todos los revolucionarios era el socialismo que tiene su origen en Marx. Por otro lado, es importante tener en cuenta para no mensurar erróneamente la influencia de las FAR, que cuando la fusión se concretó muchos ex FAR se volvieron “más peronistas” y muchos montoneros originales terminaron siendo “más marxistas”. El tema central a considerar es el grado de discusión que los diferentes procesos de fusión y rupturas motivaron en el seno de la organización y el saldo de éstos, en el marco de una agudización de la lucha de clases que obligaba a las organizaciones de la época a definiciones permanentes.
Finalmente en el 76 “la M” transformada en partido definía respecto de los problemas que debió afrontar en el 73 “El esfuerzo por construir una sola organización y por mantener diferenciado y autónomo el proyecto revolucionario, los intereses de la clase obrera, dentro del proceso de masas del movimiento peronista, luchando por alcanzar su conducción, representa en esta etapa el principio de la lucha contra las concepciones oportunistas de derecha que pugnan por disolver el proyecto revolucionario en nombre de la subordinación al líder y de la preservación de 'la unidad del movimiento'”. Ésta era la visión de Montoneros cuando ya había dado por terminada su pelea por la conducción del peronismo formal e intentaba constituirse como movimiento de masas heredero y superador del peronismo (el movimiento montonero)[11].
Como vemos las diferencias de Montoneros con Perón fueron notorias desde el mismo momento de la asunción de Cámpora, se profundizaron con Perón en el país y se hicieron insostenibles con el General en el gobierno. Gran parte de las acciones políticas del líder estuvieron destinadas, directa o indirectamente, a restarle espacios a la izquierda (espacios, sin duda, genuinamente ganados); por otro lado la derecha y la burocracia sindical recibieron de Perón un respaldo que les permitió sortear su nula o menguada representatividad.
Cuándo Perón regresó definitivamente al país el 20 de junio de 1973, los montoneros prepararon en Ezeiza lo que se esperaba fuera una fiesta en el inicio de un proceso de liberación nacional. Sus columnas eran, sin dudas, abrumadoramente más numerosas y los enormes cartelones de FAR, Montoneros, JP, JTP, etc., debían dar el marco para que en medio de consignas “Por la Patria Socialista”, Perón diese un discurso que anunciara profundas reformas. Este acto debía servir también para legitimar las aspiraciones montoneras de compartir la conducción del proceso. La masacre que se perpetró sobre las columnas de la izquierda peronista está bien documentada[12] y no admite dudas sobre de qué bando estuvo la responsabilidad. La Comisión Organizadora, hegemonizada por la derecha y la burocracia sindical, planificó el ataque y lo ejecutó con el objetivo preciso de frustrar la política montonera. Su éxito fue, sin duda, rotundo: las víctimas fueron puestas en el lugar de los victimarios por el mismo Perón. Este episodio marcó claramente el inicio del ataque sistemático contra la izquierda peronista.
Como vimos esta ofensiva tuvo dos momentos: el primero, centralmente político, desde el retorno de Perón, y se orientó a separar a Montoneros de las instituciones y minar su referencia política. El segundo, se basó en el terrorismo ejercido sobre los dirigentes, simpatizantes y sus familiares, a partir de la muerte del líder[13]. Ezeiza fue el primer episodio de masas donde comenzaron a ventilarse las diferencias.
El discurso del General del 21 de junio de 1973, trasmitido por cadena nacional al día siguiente de la masacre de Ezeiza, contenía ya todos los elementos discursivos de la política que desplegó contra la izquierda peronista hasta el 1º de mayo del 74: “Los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro movimiento, ponernos en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo desde abajo y desde arriba (…) Por eso deseo advertir a los que se tratan de infiltrar en los estamentos populares o estatales que por ese camino van mal”. Estas dos frases encierran la definición de la política de los meses siguientes. Primero, minar el prestigio de Montoneros en las masas, si mantenía pretensiones de autonomía política. Segundo, desplazarlos de las instituciones públicas, a ellos, a sus simpatizantes y a todo aquel que pudiera ser sindicado como próximo a la Tendencia[14]. En ese mismo momento el Consejo nacional Justicialista, con la presencia de Perón, resuelve “perseguir la infiltración marxista hasta exterminarla” y usar todos los recursos para ello.
En ese mismo discurso, Perón aclaró cuáles eran los límites ideológicos del peronismo: “Nosotros somos justicialistas, levantamos una bandera tan distante de uno como de otro de los imperialismos dominantes (…) No hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina y a nuestra ideología (…) Somos lo que las Veinte Verdades peronistas dicen. No es gritando la vida por Perón que se hace patria, sino manteniendo el credo por el cual luchamos”. Definir el credo peronista al que se refiere el General no es difícil: la comunidad organizada, trabajadores y empresarios compartiendo en armonía un proyecto (capitalista) nacional[15], en el cual un Estado fuerte es árbitro definitorio[16]. Evidentemente esto se alejaba de las aspiraciones de la izquierda peronista que pensaba en una evolución de las ideas del 45/55 hacia el socialismo. Estas definiciones disímiles, pero no necesariamente antagónicas en el corto plazo, podrían haber sido parte de una discusión política de tendencias entre el viejo líder y las nuevas corrientes si no las hubiese expresado horas después de una masacre hecha en nombre de los mismos principios que el General decía defender. Los planteos de Perón de “La tercera posición” y la Comunidad organizada eran el modelo definitivo del general, por lo tanto solo eran compatibles con un “proceso de transición al socialismo” en condiciones muy precisas, como planteaban los montoneros, si permitían acumular fuerzas y organización a la clase obrera y a las organizaciones revolucionarias. La situación política y económica del 73 demostró su error, como ellos mismos reflexionan en el Manual…
Ezeiza fue el primer round de una disputa pública entre Montoneros y Perón. El fondo ideológico de la discusión contaba con el antecedente de la sostenida por Perón y Cooke más de una década antes[17]. La divergencia entre ambos sobre cómo encarar la lucha en Argentina hizo imposible la continuación del diálogo entre Perón y Cooke y el General dejó de responder sus muy fuertes argumentos[18].
Pero la diferencia en los 70 era que Cooke sólo había contado con sus ideas y Montoneros contaba con argumentos que excedían la retórica. Más adelante decía el General en el mismo discurso de evaluación sobre Ezeiza: “Los que pretendan lo inconfesable, aunque cubran sus falsos designios con gritos engañosos o se empeñen en peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie (…) Los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro movimiento o tomar el poder que el pueblo ha reconquistado se equivocan. Ninguna simulación o encubrimiento por ingeniosos que sean podrán engañar a un pueblo…”. Y cierra con una frase que repetirá casi textualmente en la Plaza, el 1º de mayo del año siguiente, en su enfrentamiento público con Montoneros: “A los enemigos embozados y encubiertos o disimulados, les aconsejo que cesen en sus intentos porque los pueblos que agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”[19].
Hacia fines del 73, la OPM intentó reflexionar seriamente sobre esta situación y en la “Charla a los frentes...” explicó por qué Perón prefería a la burocracia y no a ellos: “En el movimiento peronista hay, salvando a Perón, dos fuerzas orgánicas que son: la burocracia y nosotros, que son dos proyectos. Si Perón pretende combatir los dos imperialismos y opta por su proyecto ideológico, para combatirnos a nosotros no le queda más remedio, aunque no le guste, que apoyarse en la burocracia (...) Hay una coincidencia circunstancial entre la burocracia y Perón”[20]. Es notorio que Montoneros consideraba a la burocracia como algo que Perón repudiaba en bloque a causa de su defección post 1955 y del intento vandorista de independizarse de la conducción del líder. Se equivocaban, ya que en el modelo sindical peronista original, si bien no tenía cabida el “vandorismo” como proyecto autónomo, sí era profundamente burocrático. Para Perón los sindicatos eran correas de transmisión desde el Estado hacia los trabajadores y viceversa pero siempre encuadrados dentro de una lógica estatal.
Por eso para el General, José Ignacio Rucci no era lo mismo que Lorenzo Miguel, ya que el primero carecía de proyecto propio y por eso era un “leal”. Cuando Montoneros mató a Rucci en setiembre del 1973, pocos días después del triunfo electoral abrumador de Perón, éste se enfureció. Si seguimos la hipótesis de Juan Carlos Torre, vemos que Rucci no era simplemente un burócrata más, era EL burócrata de Perón. Un segundón que era visto por los demás sindicalistas como alguien que no implicaba competencia y que servía de prenda de unidad entre los dispersos sindicatos peronistas. A su vez, Perón hizo de Rucci un personaje controlable y muy útil para su política: limitar la autonomía de la burocracia, enfrentar el crecimiento de la izquierda y sostener el pacto social conteniendo las reivindicaciones de las bases. La muerte de Rucci por parte de Montoneros dejó al General sin uno de sus principales peones y frente a una burocracia vandorista y participacionista hegemónica a la cabeza de la CGT; de allí la furia de aquel discurso en la Plaza, cuando amenazó a “la M” con que haría “tronar el escarmiento”.
Hacia fines del 73 “la M”, era consciente de la contradicción con Perón y que, además, tenía una contradicción antagónica con una parte importante del peronismo tradicional. En el medio de estos enfrentamientos entendía que sus diferencias con Perón debían ser manejadas de tal forma que no estallaran en el corto plazo mientras enfrentaba al resto del movimiento. Una idea clave del pensamiento montonero era que el peronismo estaba integrado solamente por la clase obrera, y que los demás sectores eran arribistas cuyo peso era sólo superestructural: únicamente existían Perón, la burocracia sindical encaramada en la cúpula de las organizaciones y los propios montoneros; entonces la cuestión era actuar con la línea correcta para que las masas los reconocieran como sus verdaderos representantes.
Cuando el enfrentamiento con Perón se volvió indisimulable, la situación para Montoneros era políticamente más incómoda que para el PRT-ERP y el resto de los revolucionarios no peronistas, ya que una de las definiciones básicas de “la M”, después del 17 de noviembre, había sido acentuar en sus discursos el reconocimiento de líder. A la vez pasaron a ser las principales víctimas de la derecha, junto con los dirigentes públicos de la Tendencia[21]. Debieron afrontar la explicación de una realidad política que era la antítesis de la que habían esperado, sobre todo de la que transmitían a sus bases. Si bien nunca tuvieron en mente la posibilidad de desarmarse[22] -ya que esa discusión fue resuelta tempranamente en la fusión con las FAR y con el descarte de la idea de “formación especial”-, su idea acerca de cómo se desarrollaría la lucha no preveía que la ofensiva en su contra vendría desde el mismo Estado y con Perón a la cabeza. El General llegó a compararlos con “gérmenes” para los cuales pedía “anticuerpos”[23].
Si analizamos el editorial de El Descamisado, en el que se anunciaba la fusión definitiva entre Montoneros y las FAR, la conferencia de prensa de julio de 1973 dada por Firmenich y Quieto y la “Charla a los frentes...” de fines del 73, y lo contextualizamos en la realidad sociopolítica vivida en el período, veremos cuán difícil era el escenario para los revolucionarios peronistas: las posiciones expresadas en estos documentos se volvieron contradictorias sólo en unos meses; la esquizofrenia que implicaba sostener un discurso público de verticalidad cuando la práctica y la ideología marcaban otra cosa se ve claramente en una respuesta de la “Charla...”: “La dificultad frente a todo esto se presenta ante las explicaciones públicas de esta política. Y los compañeros cuando se presentan ante el micrófono y les preguntan qué piensan de Perón se van a ver en figurillas (...) el requisito fundamental de no mentirle a las masas sobre la posición que se tiene y por otra parte la necesidad de mantenerse dentro del movimiento”[24]. Objetivamente no había cabida para su proyecto: el peronismo como camino hacia el socialismo operaba en la coyuntura en sentido inverso al intentar frenar la lucha de clases, fortalecer a la burguesía como clase principal del frente y a la burocracia sindical como herramienta de control social.
Las diferencias entre Perón y Montoneros se transformaron en un abismo ideológico en la interpretación de la realidad (una realidad cada vez más complicada y que exigía soluciones drásticas) y que hacer frente a ella. En enero del 74, en su discusión pública con los diputados de la JP el General manifestaba sin equívocos, que la violencia política y las organizaciones revolucionarias de izquierda en todo el mundo eran parte de una conspiración internacional secreta marxista, la “sinarquía”[25], de la cual el ERP obviamente era parte y, leyendo sus discursos sin mucha suspicacia, Montoneros también.
El pedido de Perón de que cesaran las operaciones militares de la guerrilla era lógico siendo él la cabeza del Estado. Lo que fue (aún a los ojos del presente) difícil de aceptar fueron sus argumentos. Ya planteamos las definiciones de Montoneros respecto a su rol como fuerza militar y como vanguardia. Esperaban poder definir fronteras y llegar a un acuerdo que les permitiera preservar los espacios conquistados, como planteaban en el Manual.... Pero Perón no aceptó fronteras que no fueran las definidas por él mismo, mucho menos si éstas implicaban un viraje hacia el socialismo tal como proponía la izquierda.
Es tan impresionante la catarata de agresiones que Perón dirigió a la Juventud Peronista y, sin nombrarlos nunca, a Montoneros, que vale la pena contextualizar y explicar algunas de ellas. En cada lugar donde el General se expresaba públicamente, destinaba una parte significativa de sus alocuciones a atacar a quienes “pretendían desviar al movimiento de su camino”, definido por “la comunidad organizada”, las “veinte verdades” y la “tercera posición”. En las charlas a la JP no montonera (grupos sindicales, Comando de Organización, Guardia de Hierro, etc., claramente minoritarios dentro del espectro juvenil peronista) cargó contra los simpatizantes de Montoneros: “En la JP, en estos últimos tiempos, específicamente, se han perfilado deslizamientos cuyo origen conocemos (...) una infiltración”. Más adelante fijaba límites que invitaban a la exclusión: “El movimiento ha sido cualquier cosa menos sectario (...) pero esa amplitud tiene un límite. (...) Hay mucha gente que ha tomado la camiseta peronista para hacer deslizamientos (...) no interesa lo que se grite, interesa lo que se siente y lo que se piensa”[26]. En este sentido podemos ver que Perón no se confundía, conocía los planteamientos de los sectores revolucionarios del movimiento y no los aprobaba. Lo que Montoneros consideraba una evolución necesaria hacia el socialismo, para Perón eran “deslizamientos”; y proponía “ver quién es quién, quiénes constituyen el justicialismo dentro de la juventud y quienes no”, porque “es la primera vez que se da en la historia de la República Argentina; gente que se infiltra en un partido o un movimiento político con otras finalidades”[27]. Y finalmente cerraba sus planteamientos sobre los revolucionarios peronistas diciendo: “Han tenido hasta la imprudencia de comunicar abiertamente lo que ellos son y lo que quieren. (...) Tengo todos los documentos y, además los he estudiado. Bueno, ésos son cualquier cosa menos justicialistas”.
Pero aun más: “Los que quieran seguir peleando, van a estar un poco fuera de la ley porque ya no hay pelea en este país, hay pacificación (...) Hay héroes y mártires, que es lo que se necesita en esa clase de lucha, pero eso ha sido la lucha cruenta, que ya ha pasado. ¿Por qué nos vamos a estar matando entre nosotros?”. Para el General el objetivo primario de la violencia revolucionaria ya se había cumplido. “Para pelear, si hay que pelear, yo decreto movilización y esto se acaba rápidamente; convoco a todos para pelear y van a pelear organizadamente, uniformados y con las armas de la nación”[28]. No había cabida para una estrategia revolucionaria que se planteara el enfrentamiento a largo plazo con las estructuras del sistema; los guerrilleros debían desarmarse y el Estado monopolizar la violencia nuevamente, ya que para Perón la conciliación entre capital y trabajo implicaba, justamente, conciliar y no la lucha de clases, y mucho menos la violencia revolucionaria destinada a destruir las estructuras de ese Estado o cambiarlas radicalmente.
Es claro que Perón desde su regreso al país estaba empeñado en una cruzada para encuadrar al movimiento detrás de sus principios tradicionales, y de éstos había dos que eran contradictorios con la existencia misma del peronismo revolucionario: dirección centralizada en el líder sobre todas las organizaciones políticas y sociales (ya que las agrupaciones del peronismo revolucionario funcionaban en realidad como fuerzas políticas externas al PJ), y la consolidación de una estructura capitalista independiente con una fuerte burguesía nacional como objetivo último. Para llevarlos a la práctica debía encuadrar su propia fuerza y pelear en diferentes frentes.
Uno, como ya vimos, era el de la JP, otro era el de los gobernadores, cinco de los cuales adherían a la Tendencia Revolucionaria[29]. En el mensaje a los gobernadores del 2 de agosto de 1973, Perón cargó nuevamente contra la juventud y las “desviaciones” dentro del movimiento, destinando la mitad de su mensaje a este tema y equiparando a la guerrilla con la delincuencia. “La delincuencia juvenil que ha florecido (...) Las desviaciones ideológicas y el florecimiento de la ultraizquierda, que ya no se tolera ni en la ultraizquierda. Yo he estado en los países detrás de la cortina y ya la ultraizquierda ha muerto (...) es un material de exportación.” Además -lo que debió haber sido mejor evaluado por “la M”-, los hacía responsables (y no por primera vez) de los hechos de Ezeiza: “Tenemos que educar a un pueblo que está mal encaminado, y debemos encaminar una juventud que está, por lo menos cuestionada (...) Lo que ocurrió en Ezeiza es como para cuestionar ya a la juventud que actuó en ese momento (...) ¡cuidado con que pueda tomar un camino equivocado!” Y concluye Perón esta parte de su mensaje: “No admitimos la guerrilla porque yo conozco perfectamente el origen de la guerrilla”, insistiendo con su estrafalaria idea de que todo se había originado en el Mayo Francés con el propósito de anarquizar y destruir la sociedad industrial, dirigido desde allí hacia el resto del mundo por un organismo (la Cuarta Internacional) que tenía su sede en París. Luego encaró por su nombre a los que en Argentina debían dar muestras de respeto a la ley: el Partido Comunista, el ERP y Mongo Aurelio”[30]. Los montoneros tomaron nota de quién era para el General Mongo Aurelio: ellos mismos.
Otro round entre Perón y Montoneros tuvo lugar en la entrevista con los diputados de la JP[31] cuando éstos intentaron frenar la adecuación del Código Penal para la represión de la guerrilla y la organización social combativa. Montoneros ya había realizado el 21 de julio de 1973 una impresionante movilización (convocada en pocas horas) hacia la residencia de Olivos bajo la consigna de “romper el cerco” y lograr un canal de diálogo directo con Perón. El General los recibió y nombró como interlocutor a López Rega. En enero del 74 los diputados fueron solos hacia Olivos a discutir abiertamente con el General; pero Perón los recibió muy hostilmente, flanqueado por miembros conspicuos del lopezrreguismo y con las cámaras de televisión, como para evitar cualquier desplante.
Las categorías penales propuestas por el Poder Ejecutivo (como toda categoría jurídica encerraban una concepción político ideológica), que el bloque peronista pretendía aprobar sin discusión, establecían la figura “asociación ilícita” de una forma tan amplia que podía incluir cualquier agrupación combativa (y, obviamente, guerrillera), dejando esto a criterio del juez. Perón aclaró en varias ocasiones a los diputados montoneros que “el juez configura el delito” y que debían discutir dentro del bloque parlamentario y no con él. “Quien está en otra tendencia diferente a la peronista lo que debe hacer es irse (...) Lo que no es lícito, diría, es estar defendiendo otras causas y usar la camiseta peronista.” Y refiriéndose específicamente al ERP por su ataque al cuartel de Azul: “En este momento como acabamos de ver, que una banda de asaltantes que invoca cuestiones ideológicas o políticas o para cometer un crimen (...) es un crimen cualquiera sea el móvil que se invoca para cometer el delito.”
Los diputados de la JP plantearon su repudio a los “lamentables acontecimientos de Azul”, pero marcaron una diferencia con Perón sobre la naturaleza de la violencia política, esperando al menos que éste los avalara aunque más no fuese con su retórica tradicional. Para los diputados el tema a desterrar eran “las estructuras violentas” de una sociedad injusta que eran el caldo de cultivo del ERP, pero Perón les respondió con dos argumentos que impidieron todo diálogo exitoso y demostraron que la intención del General no era conciliar. El primero –muy presente en la actualidad–, que la delincuencia es delincuencia sea política o social; el segundo, que afirma las concepciones que había mamado durante su formación en los 30, sostenía que “yo a esto lo he conocido ‘naranjo’, cuando se gestó ese movimiento, que no es argentino. Ese movimiento se dirige desde Francia, precisamente, desde París y la persona que lo gobierna se llama Posadas, de seudónimo”[32].
 Evidentemente el General conocía la existencia de las diferentes internacionales y entre ellas la contemporánea cuarta internacional a la que adhería el PRT. Seguramente los fantasmas ideológicos de su formación en los treintas y cuarentas le llevaron a deducir que eran un brazo más de la “sinarquía”. Sus apreciaciones sobre el comunismo y el trotskismo eran de anticuario y se asemejaban más a los fantasmas que asustaban a la oligarquía en las primeras décadas del siglo que a las realidades de las luchas que se libraban en los 60 y 70. Pero es claro que Perón invitaba a los diputados de la JP a abandonar el movimiento (o “sacarse la camiseta peronista”, como decían en la época); y si bien siguieron reivindicándose peronistas, la participación de los diputados de la JP en el Congreso terminó con ese enfrentamiento, ya la organización optó por la renuncia a sus bancas.
Finalmente, si tomamos las charlas que dio en la CGT[33], éstas marcan un nuevo aval de Perón a la burocracia sindical, que preanunciaba discurso del 1° de mayo de 1974 y la salida a la luz de las bandas parapoliciales que ya funcionaban, al menos desde Ezeiza. “En nuestro movimiento cada uno tiene derecho a opinar, se formó con procedencia de extrema derecha y de extrema izquierda. Pero no de ultraderecha ni de ultraizquierda. Ésos son inventos modernos en los que nosotros no nos detenemos a pensar, porque estamos muy conformes con lo que hemos hecho. Así, nuestro movimiento, como hombres que vienen de distintas procedencias, ha podido formar un cuerpo homogéneo con una ideología clara y una doctrina en permanente ejecución en el mismo pueblo. Algunas veces aparecen quienes de buena fe (...) piensan de otra manera (...) Nosotros desde el movimiento con el poder de nuestra verticalidad los podríamos haber eliminado totalmente. (Se los elimina a través de las autodefensas del movimiento.) ¿Cómo se generan las autodefensas? Es muy simple. El mismo microbio que entra, el germen patógeno que invade el organismo fisiológico, genera sus propios anticuerpos, y esos anticuerpos son los que actúan como autodefensa. En el organismo institucional sucede lo mismo”, decía el General utilizando una metáfora organicista, y continuaba: “Observen ustedes que contra Perón no trabaja nadie el tiro es contra nuestras organizaciones”[34].
La sintonía de este discurso con el de la Plaza seis meses después muestra la coherencia del pensamiento de Perón. “Nosotros tenemos que proteger a las organizaciones”, reclamaba. Nótese que las definiciones de Perón de noviembre de 1973 son iguales a las del 1° de mayo del 74. Allí acusó públicamente a los que “traidoramente trabajan de adentro” y reconoció como artífices de la lucha de 18 años a los dirigentes de la burocracia tradicional “sabios y prudentes”. De este modo se verifica que Perón no tuvo un exabrupto en la Plaza, sino que expresó lo que pensaba en forma consecuente desde mucho antes de que Montoneros lo “apretara”. Perón se encontraba por primera vez con una oposición interna con vuelo propio, organizada y con base de masas, dispuesta a pelearle la orientación de algunas políticas. La verdad es que Montoneros se mostraba inclinado a llegar a un acuerdo, pero el General no estaba dispuesto a correrse un ápice de sus definiciones y no tenía experiencia con oposiciones internas del tipo que representaba “la M”.
En la época de los Movimientos de liberación nacional y las guerrillas revolucionarias, el estilo de conducción de Perón debía entrar en crisis. El general era un hombre de los cuarenta y sus ideas se relacionaban con los movimientos de masas inorgánicos, democratizadores y modernizadores de las viejas sociedades oligárquicas. El mismo Laborismo que llevó a Perón a la presidencia en 1946 y que fue un intento de autonomía política de la dirigencia sindical respecto del Estado, fue cancelado drásticamente por Perón. Pero en la década del 70 el desafío histórico al que debía responder el General era irresoluble dentro del esquema organizativo que el general sustentaba. El debate que Perón había eludido darle al Cooke en los sesentas, se reabría diez años después en la arena política pública.
En la “Charla a los frentes”, Montoneros ya manifestaba: “Obviamente todos los sectores demoliberales comparten que se nos aniquile, porque saben que el desarrollo de nuestro proyecto significa su desaparición. Toda la burocracia comparte que se nos aniquile (...). La propia burguesía nacional (...) también (comparte) que se nos aniquile. Para todos esos sectores somos un enemigo común”[35]. Y más adelante también consideraban que el propio Perón se había definido por esta propuesta de aniquilamiento aunque aclarando que no creían que “aniquilamiento” significara literalmente lo que literalmente significó. Cabría preguntarse cómo pensaban compatibilizar este análisis del frente enemigo (ya en el 73) con la idea de un capitalismo de Estado que contara con el apoyo de la burguesía nacional en una transición al socialismo.
Perón nunca había dado demasiado de su tiempo para combatir a ningún adversario interno. Augusto Timoteo Vandor y John William Cooke, desde polos opuestos, habían desafiado al General en diferentes momentos. Cooke fue neutralizado por Perón simplemente quitándole su aval, nunca confrontó posiciones con él: sencillamente dejó de contestarle la correspondencia y de considerarlo para alguna misión en el interior del movimiento. Cooke mantuvo su prestigio como intelectual y revolucionario pero sólo dentro del activismo más consecuente, no como referente de masas. Desde la vereda de enfrente, Vandor, a la cabeza de la estructura sindical, intentó independizarse políticamente de Perón; en este caso el General se vio obligado a dar batalla en el terreno electoral, pero con sólo dejar en claro que su lista no era la de Vandor bastó para ganarle a todo el aparato sindical.
En los dos casos la razón de la tranquilidad de Perón era simple: el prestigio ante las bases tanto de Cooke como de Vandor se basaba en mantener puesta “la camiseta peronista”; ambos comenzaron a pensar en una construcción diferenciada de la planteada por el General cuando su prestigio ya estaba ligado fuertemente al de Perón. Con Montoneros, Perón por primera vez se encontraba con un desafío que lo obligaba a implicarse personalmente; durante un año destinó una parte de sus esfuerzos a combatirlos y limar su prestigio entre las masas, como si quisiera dejar bien claro que en caso de su predecible muerte no iban a ser los montoneros sus herederos. La famosa frase “Mi único heredero es el pueblo” también puede leerse en este sentido. La clave está en que Montoneros (y el resto de las organizaciones guerrilleras peronistas), desde sus comienzos ganó parte de su prestigio por méritos propios, y aquello que iba construyendo era orgánicamente independiente de todas las estructuras que el General controlaba.
Los montoneros tenían gran confianza en su capacidad de movilización -que superaba ampliamente la del sindicalismo y la derecha-, y esperaban que a través de ésta Perón comprendiera de qué lado estaba el “verdadero peronismo”. De todas formas, esto también se originaba en la mistificación con que veían la relación de Perón con las masas en el período 1945-1955. Si bien las masas constituyeron al peronismo, Perón como líder nunca planteó un diálogo con ellas ni con ninguna estructura. Había una sola dirección desde donde emanaba el discurso; y el verdadero peronismo reclamado por Montoneros, si bien no era la burocracia sindical, tampoco era la asamblea popular.
En otras palabras, para Perón las cosas eran claras: debían asimilarse a las estructuras hegemonizadas por los políticos tradicionales y la burocracia sindical o irse. El verdadero peronismo era el de las veinte verdades y la conducción la ejercida por él y manualizada en Conducción política. Treinta años antes los laboristas de Gay y Cipriano Reyes habían sufrido marginación por sus intentos de autonomía. El encuadramiento propuesto por Perón dejaba poco margen para una organización revolucionaria: “Todas las agrupaciones peronistas, cualquiera sea su signo ideológico deben conectarse oficialmente al Consejo Superior Peronista (mesa de políticos conservadores sin ningún vuelo propio, n de r) y éste tendrá la responsabilidad de decirles sí o no, porque las dos cosas no podrá decir”[36]. Para los montoneros la cuestión era la opuesta: aguantar hasta que el general muriera evitando el enfrentamiento directo para poder pelear por su herencia política con el mayor grado de legitimidad posible.
Quizá resulte complicado para un lector contemporáneo comprender qué fue lo que llevó a los militantes revolucionarios peronistas a ser peronistas, si el General pensaba tal como se ve en los discursos de su último año de vida. Pero los discursos y mensajes de Perón no fueron siempre en el mismo sentido, y más allá de lo que realmente pensaba, su política se caracterizaba por la llamada «política pendular», acercándose hacia la izquierda o la derecha según la conveniencia del momento pero siempre intentando contener a ambas corrientes dentro del movimiento y neutralizadas entre sí. A principios de los 70, cuando surgen las organizaciones armadas, Perón no sólo respaldaba las acciones de la guerrilla peronista, sino que no repudiaba a ninguna organización, peronista o no, que desarrollara la lucha armada. En el mismo sentido sus definiciones sobre el socialismo, el Che, los movimientos de liberación nacional, China, etc. se orientaban en la dirección de abrir espacios dentro del movimiento peronista a las nuevas corrientes radicalizadas que, sin duda, percibía en crecimiento tanto nacional como internacionalmente. Pero lo que sí Perón tenía bien claro era que la incorporación de estos sectores no debía «deslizar» al movimiento de sus principios tradicionales.
Los montoneros y la izquierda peronista en general se encontraron así entrampados en un atolladero político e ideológico. Perón, el líder del movimiento al cual pertenecían, abría espacios a la derecha y a la burocracia para frenar y disciplinar a la izquierda y no estaba dispuesto a hacer concesiones. En realidad, esto no era nuevo: tiempo antes el General había forzado la unidad de la CGT detrás de la burocracia, provocando la disolución de la CGT de los Argentinos, dejando a los luchadores peronistas y clasistas sin organización reivindicativa propia a nivel nacional. Y algo parecido pretendió con las organizaciones combativas. Pero las fuerzas políticas del peronismo revolucionario eran relativamente más fuertes que a nivel sindical y resistieron esos intentos. Entonces Perón se volcó cada vez más hacia el respaldo de los grupos de derecha y burocráticos.
Las visiones actuales de este proceso son diferentes en muchos ex militantes. Creemos que expresan una tendencia que liga más a Montoneros con el «populismo» y la idea de “lealtad” que con el resto de las guerrillas comunistas, guevaristas o marxistas nacionalistas. Por eso muchos de los ex montoneros evalúan hoy el enfrentamiento con Perón como algo que debió (y pudo) ser evitado. No es nuestra tarea hipotetizar que hubiera pasado si ese enfrentamiento no hubiera existido. Pero si podemos concluir que, de acuerdo a los datos con los que contamos, las diferencias con Perón eran suficientes como para que el enfrentamiento fuera una posibilidad seria, difícil de evitar si “la M” mantenía sus principios básicos. Plantearse la posibilidad de que eso no fuera así implica una autocrítica a toda la posición política montonera y de la opción por algún tipo de socialismo. La mayoría de los autocríticos (Jose Amorin y dentro de esa línea, aunque con matices políticos debido a la militancia actual encontramos también a Ernesto Jauretche o Carlos Flashcampf, entre otros) plantea una verdadera naturaleza movimientista de montoneros, desvirtuada desde la dirección. Una naturaleza que implicaría la lucha por la justicia social y la independencia nacional dentro de los cánones peronistas clásicos y no la construcción de una vanguardia revolucionaria que lucha por el socialismo. Sin embargo el proceso de lucha contra el resto del peronismo en función de construir un camino más radical fue acompañado, en su momento, por el grueso de los miembros de la organización, los alejamientos fueron individuales y silenciosos. Y, como hemos visto en este capítulo, Perón marco los límites con claridad y públicamente.
Es importante destacar que a nivel económico, la política del líder no iba en el mismo sentido. José Ber Gelbard era su ministro de Economía y pretendía articular una política de equilibrio entre capital y trabajo con apertura hacia las economías del Tercer Mundo y el bloque socialista. Se trataba de un intento de capitalismo independiente, mientras que el proyecto económico de la derecha peronista se expresó en el plan de ajuste de Celestino Rodrigo. Esto permite pensar que la apuesta de Perón por la derecha de su movimiento no era un viraje ideológico ni expresión de una supuesta ideología fascista, sino parte de su tradicional política pendular. Esta política, en una etapa histórica de radicalización, llevó a su movimiento a la catástrofe. Perón murió con el péndulo volcado a la derecha y la burocracia política y sindical contó entonces con un nivel de legitimidad que nunca había tenido, asumiéndose heredera del movimiento peronista, título que conservó por mucho tiempo.




[1] La “Alternativa Independiente de la clase obrera y el pueblo peronista” (este fue su nombre completo) elaborada por los sectores del PB (peronismo de base) y FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) que no confluyeron en Montoneros. No fue la única alternativa peronista de izquierda surgida en ese periodo que manifestó reservas hacia Perón. Pero sin dudas las más destacada.
[2] Jaime, Armando, entrevista con el autor, 5/5/2005. Armando Jaime, participó en la resistencia peronista, fue dirigente del Frente Revolucionario Peronista, alcanzó la secretaría general de la CGT salteña y fue referente nacional del Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS) impulsado por el PRT.
[3] Para Gillespie todas las premisas montoneras para la etapa – “Perón era revolucionario, la burocracia peronista aceptaría el liderazgo obrero radicalizado y el frente de liberación nacional se constituiría con importantes sectores de la burguesía” – eran falsas, y la última, la más importante y estratégica por ser viable en otros países en la misma época y basarse en la percepción del modelo distribucionista del peronismo en los 40, era imposible en las condiciones imperantes en 1973. En este sentido los presupuestos teóricos del PRT parecen ser más acertadas si el objetivo era la construcción del socialismo. “La incapacidad del peronismo de emprender conjuntamente (...) tareas de desarrollo nacional y redistribuir radicalmente la renta nacional, fue algo que los alternativistas (...) comprendieron mejor que los movimientistas (Montoneros)”, Soldados de Perón, op. cit. Pág 163-164.
[4] Ver “Charla que la conducción nacional baja a los frentes”, Baschetti Roberto De Cámpora a la ruptura, Ed. De la campana Pág. 259.
[5] Toda la concepción de Perón acerca de la violencia política, a lo largo de los 18 años de proscripción, merece un estudio especial. Sus discursos y cartas en torno a la misma fueron una de las fuentes en que se fundaron las apreciaciones de la izquierda peronista acerca del cariz que tomaría el gobierno de Perón luego de su retorno. Perón en sus cartas y posiciones públicas entre 1970 y 1973 (y muchos de sus dichos desde el 55) además de avalar la lucha armada en todas sus formas parecía (sobre todos a los recién llegados al peronismo) que Perón aceptaría las ideas de los sectores de izquierda.
[6] Es significativa una anécdota en la Secretaría de Trabajo, cuando la estrella de Perón ascendía pero aún no era el líder. El entonces coronel fue a dar un discurso ante un conjunto de personas y el ya conocido Arturo Jauretche se colocó a su lado, en el mismo nivel. En ese momento Perón le señaló: “Don Arturo, un escalón mas abajo”. No es que el estilo de Perón se deba sólo a cuestiones de personalidad, pero estas actitudes marcan claramente una concepción ideológica de conducción. Muchas de sus ideas pueden encontrarse en su libro Conducción política.
[7] y sin dudas los diferentes movimientos populistas latinoamericanos modernizaron el Estado y las relaciones de este con la sociedad civil eliminando muchas formas oligárquicas enquistadas y abrieron a clases antes excluidas las “puertas” del sistema.
[8] Manual de instrucción para Oficiales y Soldados del Ejército Montonero S/L, Ed. Secretaría de Agitación, Prensa y Adoctrinamiento, reedición de 1979 pág. 73.
[9] “Charla a los frentes”, en Baschetti, op. cit.
[10] Pero el socialismo de los montoneros no solo está definido con claridad en los documentos internos. Si uno lee la revista El Descamisado por ejemplo, encuentra definiciones claras. Es más en un artículo firmado por Dardo Cabo sobre Cuba, este importante referente define cual es el modelo de socialismo montonero a partir del ejemplo cubano. Y aclara que lo hace para dejar bien definido tanto a la derecha (que los acusa de marxistas infiltrados) como a la izquierda (que los acusa de no ser socialistas) cual es su
.objetivo: “Y llegamos a un país socialista. Un país donde se practica el socialismo nacional, ese que nosotros cantamos en nuestras consignas, el que tanta polvareda ha levantado en el Movimiento Peronista desde que Perón habló de él. El mismo que combaten “los nacionales” que defienden la propiedad privada cubriéndose en una supuesta campaña antimarxista”. El descamisado
[11] Manual…, op. cit., pág. 72.
[12] Para una descripción pormenorizada de los sucesos de Ezeiza ver: Verbitsky, Horacio, Ezeiza, Buenos Aires, Contrapunto, 1985. Quien escribe este trabajo recuerda a un ex miembro de la Juventud sindical textil (de nombre Pedro) jactarse en el 83 de haber participado en Ezeiza matando zurdos con las ametralladoras que su grupo recibió desde ambulancias.
[13] Aunque hubo también asesinatos en el primer momento, como en Ezeiza, a nivel masivo, y el asesinato de decenas de militantes con la misma metodología que luego utilizó la Triple A, pero sin firma. Después de la muerte de Perón, la persecución política continuó contra los intentos montoneros de expresarse legalmente, como por ejemplo con la prohibición de sus publicaciones: El Descamisado, Causa Peronista, Noticias, y con la proscripción del Partido Auténtico.
[14] Durante el período inmediato posterior a la asunción de Cámpora se dio un proceso de ocupación de instituciones públicas por las diferentes organizaciones del movimiento peronista. La movilización popular impuso funcionarios en distintas reparticiones públicas, y el Ejecutivo correspondiente estaba en la obligación de aceptarlo. Este proceso de imponer funcionarios de hecho no sólo fue impulsado por organizaciones de izquierda sino que tuvo también como protagonistas a la derecha peronista, se desató de este modo una competencia para ocupar edificios públicos y garantizarse espacios de poder en el Estado.
[15] En la jerga peronista clásica la definición «capitalista» del proyecto nacional estaba borrada, de la misma forma que la categoría «burguesía» tenía connotaciones negativas.
[16] Ver. Perón, Juan, La tercera posición, ed. Nuevo Tiempo, Bs. As. 1962.
[17] Perón, Juan, Cooke, John, Correspondencia, ed. Parlamento, Bs. As. 1972.
[18] Perón siempre argumentó para enfrentar a los “gorilas” en torno a la necesidad de resistencia civil y acciones que provocaran el caos. Si bien no descartó el accionar armado o terrorista, siempre buscó que todo el movimiento fuera parte de esta política y no surgieran fuerzas que dieran una estructura y una ideología a la resistencia. Cooke en cambio, desde el principio (aún antes de que la revolución cubana ejerciera su influjo, como en forma novedosa nos muestra Miguel Mazzeo en su trabajo Textos traspapelados 1957-1961 (La Rosa Blindada Bs. As. 2000) buscó formas organizativas y políticas más definidas en un principio como forma mas efectiva de dotar al peronismo de fuerza combativa pero mas adelante como toda una concepción teórica de la necesidad de que el peronismo evolucionara hacia ser un partido revolucionario de masas, socialista y que construyera estructuras político militares propias.
[19] Verbitsky, op. cit. Documento 15, pág. 204.
[20]  «Charla...», op. cit. pág. 280.
[21] Desde la emboscada sufrida por sus columnas en Ezeiza los dirigentes de la izquierda peronista fueron perseguidos y asesinados, sus locales atacados con bombas y a partir de la muerte de Perón el 1° de julio de 1974 los asesinatos perpetrados por la Triple A se contaron por cientos.
[22] El Manual de instrucción para Oficiales y Soldados del Ejército Montonero tiene una selección de los documentos más importantes desde la fusión con las FAR hasta 1975. También las canciones del LP “El cancionero de liberación” varios temas compuestos para la ocasión remarcan que “llegar al gobierno no es tomar el poder” y que hay que seguir “pertrechándose”. En el mismo sentido tenemos a “La cantata montonera” del mismo momento. Todos de difusión masiva.
[23] Ver: “Mensaje de Perón a los gobernadores de las provincias”, 2 de agosto de 1973; “Perón habla a la juventud peronista”, diálogo de Perón con los diputados de la Juventud Peronista en torno a las reformas al código penal del 22 de enero 1974, etc. Gran cantidad de documentos testimonian las opiniones de Perón desde Ezeiza hasta su muerte, inequívocamente violentas hacia la izquierda del movimiento a pesar de las intenciones de ésta de desvincularse de las acciones del ERP, como en el caso de Azul.
[24]  “Charla...”, op. cit. pág. 305.
[25] La “sinarquía” sería una especie de inteligencia común que existiría entre marxistas de todos los estilos, yanquis, masones y sectores judíos destinada a destruir los valores nacionales y minar la independencia del país. En algunas definiciones más precisas como las de La hora de los pueblos de 1968 (en un momento histórico particular en el que Perón profundizó la veta izquierdista de su discurso) la sinarquía estaba compuesta por: “el capitalismo y el comunismo soviético (…) aparentemente contrapuestas pero, en realidad de verdad, perfectamente  unidas y coordinadas. Para comprobarlo, basta recordar 1939 cuando se aliaron para aniquilar a un tercero en discordia, representado entonces por Alemania e Italia. (…) Pero es que todo tiende a internacionalizarse alrededor de ello, lo que, en último análisis, es el triunfo del internacionalismo comunista. La masonería, el sionismo, las sociedades internacionales de todo tipo, no son sino consecuencias de esa internalización del mundo actual. Son las fuerzas ocultas de la revolución como son las fuerzas ocultas del dominio imperialista” también en algunas declaraciones incluía al Vaticano. Cualquier fuerza supra nacional pareciera entrar dentro de la categoría sinarquía.
[26] “Charla de Perón a la JP del 14 de febrero de 1974”. Ediciones de la Secretaría de Prensa y Difusión. Es importante mencionar que en la organización de este encuentro con la Juventud Peronista, Perón intentó que Montoneros participara pero en pie de igualdad con los grupos de derecha y que se subordinara al conjunto.

[27] Idem.
[28] Idem.
[29] Según otras versiones, el gobernador de San Luis también podía incluirse en la Tendencia, con lo cual el número ascendería a seis.
[30] “Charla de Perón con los gobernadores peronistas”. Ediciones de la Secretaría de Prensa y Difusión
[31] Realizada el 22 de enero de 1974 en Olivos.
[32] Perón, Juan, “Diálogo con los diputados de la Juventud Peronista”, 22 de enero de 1974, Secretaría de Prensa y Difusión.

[33] Realizadas los días 2 y 8 de noviembre de 1973.
[34] Perón, Juan, “Discurso en la CGT el 2 de noviembre de 1973”, Secretaría de Prensa y Difusión. Las cursivas son nuestras para señalar las similitudes con el discurso del 1° de mayo de 1974, cuando el general se enfrentó públicamente en la Plaza de Mayo con Montoneros que le reclamaban, con fuertes consignas e interrumpiendo su discurso, por la presencia de “gorilas” en el gobierno y el viraje a la derecha.

[35] En “Charla...”, op. cit., pág. 278.

[36] Ver “Charla de Perón a la JP”, op. cit.

reflexiones iniciales sobre libia


jueves 24 de febrero de 2011
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Por Guillermo Caviasca / Barricada TV
Recuerdo que cuando comencé a militar allá por los inicios de los ochentas Kadafi era un referente del antiimperialismo en el mundo. Por Libia pasaba el mas amplio abanico de revolucionarios recibiendo una amplia solidaridad. Esta solidaridad se extendía a los revolucionarios de América latina y hasta de Europa, e incluía dinero, entrenamiento y armas. Recuerdo también que llegó a mis manos en ese entonces el "Libro verde" una especie de teoría revolucionaria alternativa teorizada por Kadafi. Tenia muchos elementos interesantes entre ellos la idea de que "toda representación es una impostura" que por lo tanto la democracia occidental era falsa, y que en Libia lo que existía era una democracia de masas con representación directa. Lo demás eran elementos de nacionalismo económico con apelaciones al socialismo que implicaban una presencia planificadora muy fuerte del estado y la existencia de consejos de trabajadores y ciudadanos que harían que la democracia de masas se extendiera también a lo económico.

Libia OTAN y después Las contradicciones de las protestas en el mundo árabe


Guillermo Caviasca
Libia OTAN y después
Las contradicciones de las protestas en el mundo árabe
Finalmente después de siete meses de guerra civil e intervención armada imperialista, el gobierno del coronel Kadafy se extingue. Lo hace después de 41 años de audaces e innovadores proyectos y virajes conservadores; de enfrentamientos con el imperio y asociación con él; de presentar un liderazgo dinámico y carismático o ser un original y extravagante señor del desierto. Si el coronel sobrevive a los combates por la capital del país podrá exiliarse, ser capturado y asesinado o replegarse con leales al interior a una lucha clandestina esperando que el caos y el tiempo le den una nueva oportunidad, aunque eso parece muy improbable. En cualquier caso el pueblo libio ingresa en una nueva, difícil e impredecible etapa de su historia. Donde dependerá de sus propias fuerzas e iniciativa para salir adelante y eludir las maniobras de occidente que pretenderá esclavizarlo nuevamente. La construcción de una fuerza que haga posible a los libios ser dueños de su futuro es algo que en este conflicto no aparece claro y que configura una de los principales desafíos de las protestas del mundo árabe.

martes, 6 de noviembre de 2012

Frente a las elecciones nacionales del 2007. La debilidad de los trabajadores


Más allá de las elecciones: sobre la debilidad del campo popular

En el siglo XVIII el filósofo escocés David Hume reflexionaba que uno de los principales desafíos de las ciencias sociales era explicar "como tan pocos podían dominar a tantos durante tanto tiempo". En el siglo XIX Marx presentó la idea de que la evolución de la sociedad nos llevaría hacia la aparición de condiciones para lograr la libertad: la transición del capitalismo hacia el socialismo o comunismo. En el siglo XX el historiador Erik Hobsbawm reflexionaba, al final de uno de sus estudios sobre la revolución industrial, que luego de casi 100 años de oponerse a las luchas de los trabajadores por el sufragio universal, la burguesía se vio obligada a aceptarlo. Y que muy grata fue su sorpresa cuando el temido poder del numero (que tenían los oprimidos) no se reflejaba en un cuestionamiento grave de su poder político.
Hume filósofo empirista representaba sin dudas el espíritu de la burguesía en ascenso. Marx, en el mismo sentido, lo hacía respecto del proletariado. Hobsbawm, mas bien, constata, con cierto cinismo ingles, que las luchas por la emancipación humana no siguieron caminos lineales y que el optimismo socialista del siglo XIX y (y del XX) resultó ser excesivo. Pero todas estas reflexiones se pueden encuadrar en una sola pregunta: ¿Cómo domina la case dominante? indudablemente sus mecanismos no son transparentes.
 Las ideas de alienación y fetichismo fueron un primer paso en entender el funcionamiento orgánico de sociedades donde la coerción no aparece como mecanismo principal de dominación (o permanente). El concepto de hegemonía en la elaboración gramsciana fue el intento más concienzudo de responder a las preguntas que nos planteamos hoy: la dominación se expresa en todos los terrenos y uno de sus componentes principales es la aceptación por parte de los oprimidos de que las condiciones sociales en su sustancia más profunda son las "normales": es la dominación ideológica que abarca inclusive las organizaciones de los oprimidos. 
No basta la comprensión abstracta de las necesidades populares, ni el compromiso con las luchas justas. El salto de los reivindicativo a los político requiere de la comprensión de las "estructuras de significación" (y de las otras) que median la formación de la conciencia que el trabajador común se hace de la realidad política que lo rodea. Y esa comprensión tiene un componente central específicamente nacional, histórico y de clase (con matices o diferencias en las diferentes clases).
 Esta reflexión pretende exceder al triunfo de la derecha pura neoliberal en la CABA En un par de meses ganará Cristina sin embargo nuestras incapacidades (de dar vuelta la tortilla del poder) seguirán vigentes, solo con la amenaza de que otros 4 años después tengamos que aceptar que en elecciones democráticas la peor derecha llegue al gobierno. Niego enfáticamente que el desdén por lo que sucede en "el terreno del enemigo" (léase: las elecciones, como plantean compañeros desde posiciones aún más débiles que las del trosquismo) sea una respuesta después de 30 años de democracia burguesa: es solo una muestra de la incapacidad de reconocer nuestra debilidad, condición inicial para pensar superarla. 
Indudablemente los caminos de la emancipación de los oprimidos son más largos y complejos de los que nuestras capacidades políticas y teóricas nos permiten abordar en el presente argentino. Si no superamos el pantano actual, los apologistas de la "resignación combativa" seguirán siendo el "baluarte" contra el fantasma (a veces muy real) de la nueva derecha democráticamente legitimada.
Lo que reafirmamos es que la revolución es deseable y necesaria y la política es para nosotros la capacidad de transformar esa necesidad en posibilidad.
Guillermo Caviasca

El 20 de diciembre delo 2001. Crisis orgánica del sistema


REBELIÓN EN LAS CALLES

            El 19 y el 20 de diciembre del 2001 las calles de la ciudad de Buenos Aires fueron copadas por multitudes de un muy diverso origen social que exigían el fin de una política que había instalado el hambre en la mayoría de la población. Una década de “neoliberalismo” duro: apertura económica, endeudamiento desorbitado, privatizaciones generalizadas, alineamiento automático con las políticas norteamericanas, desregulación del mercado de trabajo, habían dado el golpe final al Estado peronista. Las consecuencias de ese modelo se condensaron en los meses previos desencadenando una crisis que estalló en rebelión callejera, expulsando dos presidentes en una semana. Se abrió así un periodo durante el cual una crisis orgánica del sistema colocó a la nación argentina ante una encrucijada cuya salida marcaría nuestra historia futura. Sin embargo un año y medio después, mediante una elección normal, la misma clase política iniciaría la reconstrucción de las instituciones y del sistema económico. Hoy, a diez años, podemos calificar a esa experiencia: el kichnerismo, de exitosa y pacífica política de reconstrucción de la gobernabilidad y de la hegemonía capitalista.
            ¿Que fue lo que sucedió esas jornadas? ¿Cuáles fueron sus antecedentes inmediatos? ¿Hubo una acumulación de experiencia de resistencia popular que gestó la pueblada? ¿Qué pasó del lado de las clases dominantes? ¿Qué potencialidades y limitaciones podemos ver hoy respecto de los protagonistas? ¿Qué cambios y continuidades se manifiestan el kichnerismo? ¿Cuáles de estos cambios y continuidades son consecuencia del protagonismo y la movilización de masas y cuáles de la necesidad misma de reestructuración del sistema? Esta serie de preguntas guían este artículo. Presentamos algunas hipótesis de respuesta para la discusión con el objetivo de conocer más rigurosamente nuestro pasado inmediato y con él evaluar nuestro accionar presente y las tareas militantes que nos debemos los que seguimos comprometidos en fundar un nuevo sistema.
           

Antecedentes de la rebelión popular

jueves, 1 de noviembre de 2012

Balance y propuestas después de las elecciones del 2003


Elementos para un balance crítico de las elecciones:
En primera instancia debemos separar el análisis de los fenómenos estructurales de los Electorales, que como procesos dados en la superestructura son condicionados fuertemente por los primeros. Las elecciones son solo una muestra, una “encuesta” hecha a la población en un determinado momento. Y como toda encuesta está condicionada su respuesta por el tipo de preguntas y la forma en que se plantean. Pero, para hacer honor a la verdad, debemos señalar que esta encuesta tiene resultados políticos muy concretos en la redefinición de la superestructura institucional, la cual se arma con nombres y apellidos de acuerdo al resultado de esta particular “encuesta”. Entonces, como no caemos en la vulgarización de que las superestructura (sea esta política, cultural, ideológica, etc.) solo “refleja” lo que pasa en la estructura económica, consideramos que el resultado influye sobre el flujo de los acontecimientos: no es lo mismo que hubiera habido una segunda vuelta entre Menem y López Murfi, ni que el porcentaje de ausentismo y votos negativos hubiera llegado al 40% o que la “izquierda hubiera sacado el 10%.
Debemos también insertar la coyuntura electoral en el balance de un proceso mas amplio que podríamos acotar entre el 20/12/01 (aunque también las elecciones de octubre del 2001, con un 45% de votos negativos y abstenciones, fueron una clara señal de agotamiento de las masas) y la actualidad, pero que en realidad deberíamos como mínimo remontar sus raíces en la redefinición radical de la argentina hecha por el neoliberalismo menemista. Si simbólicamente el Santiagazo en argentina y el levantamiento Zapatista en México marcan el inicio de la resistencia popular contra el neoliberalismo; la derrota de Iraq y el repliegue manifestado por las masas en nuestro país nos señalan derrotas o repliegues en esta lucha (entre estos dos hitos hay otras tantas victorias de los pueblos como del imperialismo). Es así como en todos estos 10 años de lucha hubo diferentes momentos de avance y recrudecimiento de la resistencia y momentos de pasividad o repliegue.
La resistencia popular se da, como planteaba Lenin, por oleadas o sea, no es un paseo de victorias hasta la victoria final, ni un momento apoteótico de insurrección o huelga general que nos colocará en el poder luego de barrer las estructuras del sistema.
La cuestión es que cada oleada nos deje enseñanzas como para construir nuestra organización y nuestra teoría revolucionaria. En este sentido el 20/12/01 se dio el punto mas alto de una oleada de resistencia popular que no debe ser separada de marea abstencionista de las elecciones de octubre anterior y que se prolongó hasta el 26/12 cuando el bloque dominante, hasta ese momento desorientado, acordó una salida hacia la estabilización política. Debemos remarcar que fue la oleada de lucha mas importante de los últimos 20 años y que no fue sorprendente que despertara grandes expectativas sobre la posibilidad de la apertura de una etapa revolucionaria. Es por ello que las mismas clases dominantes y sus siervos políticos y divulgadores estuvieron tan alarmados.
Es importante aclarar que cada revolución mas allá de que se nutre de toda la experiencia histórica de lucha de las masas tanto a nivel nacional como internacional, es una experiencia nueva que implica nuevas respuestas en todos los planos, por eso anclarnos en manuales o dogmas nos lleva al fracaso en la tarea de constituir una dirección política del proceso de lucha. En este sentido debemos alejarnos de las tradicionales posiciones de llamar a las masas desde una posición esclarecida, por el contrario debemos pararnos con las masas en sus posiciones y luchar por la dirección con las tendencias reformistas y reaccionarias a cada paso. Las últimas elecciones muestran la victoria de la burguesía en la orientación política de las masas.
Debemos analizar separadamente el comportamiento de los diferentes “actores” sociales, económicos y políticos intentando identificar los intereses que representan y pasarlos a un análisis de clase que nos permita definir con claridad la situación de los campos enfrentados. Las corporaciones que representan los intereses de los grupos capitalistas dominantes (Adeba, Abra, UIA, SRA, CAME, Privatizadas, faltan) como las corporaciones estatales represivas (policía, ejército, gendarmería, marina, aeronáutica, etc.) son cada vez mas públicamente actores políticos que expresan apoyos públicos o semipúblicos. Las corporaciones represivas fueron destinatarias centrales de la campaña electoral de Menem y menos evidentemente de Murfi, y la gran mayoría de las corporaciones económicas estuvieron mas cerca de estos candidatos (aunque esto no las inhabilita para poner fichas en todos las canastas). Solo las intereses vinculados al mercado local, la exportación de bienes de diferente tipo demostraron mayor interés público en Krichner (recordemos que somos importantes exportadores de productos alimenticios y que la destrucción del mercado interno solo deja a los agonizantes sectores industriales la opción del Mercosur).
Menem y Murfi eran, probablemente la liquidación de esta fracción de la burguesía como clase (no obviamente del los grandes terratenientes si probablemente de los chicos) o sea un atajo hacia la guerra civil. Pero por el lado contrario Krichner no es la liquidación de los otros sectores; quizás por eso un gobierno Menemista era inviable sin “guerra” en cambio el de Krichner es aceptable en principio por todos ya que ofrece posibilidades de negociación.
Quizás también por eso los sectores mas duros de la burguesía apoyaron candidatos duros en la primera vuelta (y demostraron su poder electoral, con el 42% de los sufragios, lo cual no es menor sobre todo después del 20/12, aunque un porcentaje no nos habilita a un juicio categórico sobre la conciencia de esos votantes) pero no se esforzaron por sostenerlos para la segunda. Su  resultado en la primera vuelta colocará a la fracción proyanqui de las clases dominantes (como clase no como “políticos”) como interlocutores privilegiados del nuevo gobierno y además, demuestra que pueden articular una importante legitimidad electoral. No es menor que los candidatos de derecha captaran a través de diferentes estrategias una masas de votantes tan grande, debemos tener en cuenta que el régimen político no necesita del concurso activo de las masas para reproducirse, Por eso, si bien es cierto que la “gente” no votó nuestra muerte, ni que la bandera yanqui flamee en la rosada, quedó demostrado que la derecha política y económica es capaz de ganar batallas políticas de masas mejor que el campo popular.
Por otro lado, Menem con su excesiva apelación a las fuerzas represivas choca con el principal objetivo de todas las fracciones de las clases dominantes en este momento: reconstruir el escenario institucional. Podemos recordar la anécdota de Murfi disertando ante los empresarios hace alrededor de un año, cuando les habló de que había que ordenar la economía y la sociedad a “tambor batiente y paso redoblado” (metáfora claramente militarista) la reacción de los propietarios allí reunidos fue de desagrado y reprobación (quizás por eso Murfi moderó sus apreciaciones posteriormente y se volcó a la campaña con un perfil “republicanista”)
El enemigo jugó en bloque todas sus cartas a la recomposición del terreno institucional (cuestionado masivamente el 20) como arena de resolución de las disputas de la lucha de clases. El estado es un elemento clave en la dominación cuando es capaz de garantizar los intereses estratégicos del bloque dominante, si deja de serlo articularán políticas para recuperarlo a cualquier costo ya que es la herramienta clave para la organización social y económica. En una sociedad capitalista compleja como la nuestra los conflictos no son tan transparentes ni dicotómicos como una lectura simple de la teoría sugiere (burguesía vs. proletariado) ya que hay diferentes capas de la burguesía que disputan entre si y que pueden tener graves contradicciones; del mismo modo hay diferentes capas del proletariado cuya contradicción con el bloque dominante no se expresa de la misma manera ni necesariamente contra la misma fracción de este (y también existen otras clases). Además, si tenemos en cuenta que las ideas dominantes de una época son las de la clase dominante, la capacidad de los oprimidos de identificar claramente a su enemigo es velada por una densa nube de ideología (propaganda, valores, educación, etc.) que solo en las mas duras tormentas se corre parcialmente como sucedió en torno al 20/12 .
Es evidente hoy que “se nos pasó el cuarto de hora” esos meses en los que la desorganización del enemigo fue muy grande (la mayor desde el 76) y la conciencia de las masas estuvo abierta para propuestas audaces. La maquinaria propagandística del enemigo aprovecho muy bien nuestra incapacidad de articular una propuesta de poder que nuestros compañeros pudieran tomar como propia y transitable con posibilidades de éxito (las masas no pelean para perder ni para dar testimonio y eso no lo entiende la izquierda) ante esta ausencia, las opciones del sistema aparecieron como las únicas. Mas allá que en el voto siempre hay una cuota de esperanza (que debemos tomar en cuenta en nuestros próximos pasos: o sea salir a darle a Krichner como si acá no hubiera pasado nada sería una actitud miope de nuestra parte) la misma dispersión muestra que fue un voto “de última” con un alto grado de descompromiso y que el bloque dominante no consiguió articular su unidad tras un programa de entrega único. En este sentido podemos afirmar que, si bien el escenario institucional está reconstruido, se encuentra mucho mas débil que antes del 20/12 (aunque mucho mas fuerte que lo que nuestras expectativas luego del 20/12 previeron). Esto es positivo, disminuye el margen de maniobra no solo del próximo gobierno, sino también de las clases dominantes en su conjunto (al menos dentro de las instituciones).  Krichner es débil, no es el hombre del poder ni tiene un apoyo electoral significativo, esto en muy malo para las clases dominantes que deberán luchar por cada medida. Por ello mas allá de que no es su hombre todos están hoy intentando reforzar una imagen de mayor apoyo a través de los medios. Los próximos meses veremos.
Es interesante responder a la pregunta de si ¿habrán también reconstruido los mecanismos de consenso en el seno de su bloque para presentársenos de ahora en mas con unidad frente a los sectores populares? Creo que la respuesta debe ser negativa, y eso es un buen dato para el campo popular ya que la desunión entre “ellos” es un prerrequicito fundamental para que “nosotros” tengamos una de las condiciones necesarias para avanzar en un camino revolucionario.
La burguesía no puede sacrificar hoy a alguna de sus facciones sin correr un alto riesgo de hundirse en bloque porque las masas han aparecido como un actor independiente y si la sangre llega al río en las disputas interburguesas pueden darse condiciones óptimas la lucha popular. Pero lo paradójico de esta situación esta justamente en que las contradicciones del capitalismo argentino en la actual etapa requiere el sacrificio de alguna facción burguesa en el futuro cercano, la resolución de la crisis interburguesa no puede ser pospuesta indefinidamente y recargado sobre las masas el sacrificio para salvar al conjunto de la burguesía que opera en (o desde) Argentina como durante el Menemismo.
La identificación de la diferencia entre clase en si y clase para si nos ayuda a comprende mejor el resultado de este proceso electoral y la pasividad de la clase obrera desde el 20/12. Esto se relaciona con el tema de las ideas dominantes. ¿por qué las masas actuaron contrariamente a sus intereses en este proceso electoral? Una parte de la respuesta ya la dimos en lo inmediato no había alternativas de poder aparte de la presentadas por la burguesía. Pero mas allá de eso las condiciones materiales de vida no determina en forma inmediata la conciencia, hay una serie de mediaciones que oscurecen el panorama. La clase existe por su ubicación en el modo de producción pero, solo es “clase en si” cuando puede elaborar sus propias ideas sobre como resolver sus problemas políticos y económicos, y esto es muy difícil para los oprimidos, privados del acceso a la educación y al ocio constructivo.
Por último es necesario definir el rol político que nos corresponde y una caracterización de las tareas a realizar acorde a la visión que tengamos de la etapa.

No perder de vista la situación internacional: derrota de Iraq, Revaival del imperialismo clásico pero sin burguesías nacionales (al menos en el tercer mundo) y con una sola gran potencia militar. Crisis económica capitalista. América latina en un tembladeral y sin posibilidades de discutir dentro del sistema. Etc.

¿Que sucedió el 20/12? La rebelión popular que sacudió al país y que tuvo su epicentro políticamente mas destacado en Bs. As. (solo aquí se vieron claras reivindicaciones políticas acompañadas de una lucha violenta por imponerlas) ¿abrió una situación revolucionaria? Esto es planteado por la mayoría de nuestros compañeros de la izquierda. Pero si lo comparamos con el Cordobazo, una rebelión mucho menor (no solo bajo parámetros absolutos, sino también relativos) y acotada a la ciudad de Córdoba, pareciera que los cambios en los niveles de conciencia, radicalidad de la lucha y movilización popular que abrió esa rebelión fueron superiores a los del 20: Surgieron poderosas organizaciones armadas, la discusión sobre la necesidad del socialismo ganó terreno en las  masas y en la clase obrera, la burocracia sindical si bien no fue desplazada si fue acorralada en su cúspide y a pesar de que el enemigo también concedió elecciones es claro que para amplios sectores de las masas Cámpora representaba “la patria socialista”.
El 19/20 3m de personas salieron a la calle y mas allá que la movilización se fue debilitando, las calles fueron nuestras hasta el 25 de enero y al menos hasta el 26 de junio la iniciativa y el consenso pareció estar del lado del campo popular mientras que el enemigo no podía articular mas que salidas apresuradas, y sus órganos de difusión masiva navegaban en la pérdida de credibilidad.
Pero a partir de ese momento todo comenzó a ordenarse nuevamente. La situación social y política se descomprimió, a pesar de que no hubo mejoras en la situación económica ni cambios políticos de ningún tipo, solamente se llegó a un piso de deterioro en el que navegamos desde entonces. La protesta se fue agotando, girando sobre si misma como corriéndose la cola.
Lo cierto es que las masas populares (en el sentido mas amplio del término) se movilizan tras propuestas de poder que vean materializables, y si la expulsión de De La Rua en el marco de la plaza sitiada por las masas fue visto por astas como una victoria de la movilización, a partir de ese momento no se registró ninguna victoria contra, ni concesión significativa desde, el poder. Toda la audacia que la ruptura del 20 permitió en el campo de las ideas: no al neoliberalismo, basta de autonomía de la “clase política”, no a la represión y cuestionamiento a sus agentes; o sea un reclamo generalizado de profundos cambios en el régimen político y en el “modelo” económico, se diluyó ante la imposibilidad de encontrar vías de organización y lucha para su concreción. Pero ¿realmente se diluyó? Creemos que no. Y creemos también no pecar de optimistas al considerar que estamos varios pasos adelante respecto al 2000.
Si consideramos al 20/12, en vez de la apertura de una etapa revolucionaria, un paso (si bien  muy importante) mas en el avance de la resistencia popular nuestro desazón por el resultado electoral cobra la dimensión que realmente tiene. La resistencia según Rodolfo Walsh es una etapa en la cual las masas no se cuestionan el poder y “resisten” dispersas los ataques del enemigo. De allí se deducen tareas inmediatas: conseguir victorias en las luchas parciales que vamos dando para fortalecer la confianza en la resistencia, aumentar la capacidad organizativa de las organizaciones que luchan, superar la dispersión y dar la batalla contra la ideología de las clases dominantes en el seno de las masas. En una situación de repliegue las masas se recuestan sobre terrenos conocidos y “seguros” que ya conocen, es parte del “sentido común” y mas allá de que debamos luchar por superarlo, lo cierto es que en ël hay siempre algo de verdad; en nuestro caso ¿qué le ofrecíamos nosotros para gobernar la argentina hoy o en un plazo visible?
Pero Lenin decía que cuando las clases dominantes pierden su unidad y no pueden reproducir su sistema de dominación y las clase oprimidas ya no dan consenso a ese sistema y no quieren seguir siendo gobernadas como hasta ese momento, hay una situación revolucionaria. Creemos que hubo un periodo de tiempo, quizás entre el 20/12 y el 26/6, en que estas dos circunstancias se dieron en diferente grado; pero, como la historia no es una determinación estructural en la que a los sujetos solo les cabe transitar un sendero inmodificable, la situación es una oportunidad que si no se aprovecha se diluya y no se consolida. Indudablemente si una organización revolucionaria de masas hubiera surgido de este proceso (o varias) y movimientos sociales se hubieran consolidado tras una perspectiva antirégimen el bloque dominante no hubiera tenido éxito en reconstruir el escenario institucional y las masas no se hubieran replegado a él. En ese caso la situación propicia dl 20/12 hubiera catalizado en la apertura de una etapa revolucionaria. 

Hay dos realidades que debemos tener en cuenta de cara al futuro desde el plano económico. El modelo neoliberal tal como lo conocimos con Menem está agotado. La devaluación va a producir una leve sustitución de importaciones y una fuerte restricción de estas. Por otra parte es probable que los acreedores externos acepten algún tipo de renegociación o que el gobierno la imponga (como ya lo está haciendo, ya que no se puede pagar lo que no se tiene) . También es claro que el modelo Menemista dejó a fracciones del bloque dominante varadas y con variados intereses que, hoy, no pueden ser satisfechos de conjunto lo que va a generar disputas en el seno del poder. En el plano político cebemos ver que el enemigo tomó nota del cimbronazo del 20 y que por ello pactó un acuerdo de mínima entre todas sos fracciones para la reconstrucción del consenso institucional.
Para las clases dominantes las elecciones fueron un triunfo. Bastaba ver a sus principales voceros mediáticos festejar la masividad de la concurrencia y claramente Grondona agradecer a los argentinos su opción institucional. ¿Por qué las masas consideraron no atendibles las opciones antielectorales o el voto a la izquierda? Creo que esto se explica por la cuestión del poder: las masas no apoyan alternativas que no ven viables y por diferentes razones tanto la izquierda tradicional como la “revolucionaria” y la nueva izquierda “social” no aparecen como alternativas de poder.
El trabajo del enemigo es claro para deslegitimar a las alternativas mas o menos peligrosas   


Repliegue táctico y avance estratégico
Diversificación de los métodos de lucha.
Avance en la calidad organizativa, la combatividad y el nivel de definición del movimiento sin perder la amplitud y generando ámbitos propicios para esto (estructuras de cuadros ancladas en el movimiento).
Definición de tareas tácticas y estratégicas acordes a la etapa:
Agitación y propaganda para pelear la legitimidad ante el resto del pueblo de nuestra lucha, nuestro trabajo y nuestro proyecto
Confluir con otras organizaciones políticas o sociales que acuerden en la necesidad de, poder popular, liberación nacional, y que planteen la lucha y la organización de las masas trabajadoras para acceder al poder,.
Profundizar nuestra política principalmente hacia las clases estratégicamente interesadas en la revolución y en contradicción principal con el sistema (clase obrera, desocupados, trabajadores explotados en general) y en segunda instancia hacia la clase media y profesionales sumándolos desde su adscripción a nuestro lucha.

Jauretche y la cuestion del sionismo, de la nacionalidad de los inmigrantes y colectividades


En el número siguiente de "Horizonte" (26/12/64) aparece la contestación de Jauretche titulada: "Sin prejuicios, sin odios, sin rencores:"

               “En el N0 13 de “Horizonte”, el señor Jaime Finkelstein se refiere al reportaje que ustedes me publican en el número anterior, en la parte referente al sionismo. Agradezco los amables juicios que hace sobre mi modesta personalidad y voy al grano con algunas puntuaciones pues no es mi propósito polemizar, sino dejar suficientemente esclarecido lo dicho entonces.
               Es elemental que siendo la mía una posición nacional-argentina tiene que chocar con una posición nacional-sionista en los hijos del país como chocaría con una posición nacional-árabe, etc. en cuanto el carácter político de esa posición nacional no argentina significaría transferir el desarrollo de esa posición a nuestro ser nacional. Para mí es elemental que nosotros sólo podemos ser un país existente como nación en cuanto sus hijos sean exclusivamente nacionales, es decir, en cuanto no sea posible que desdoblen su personalidad en dos líneas políticas nacionales que pueden ser coincidentes, pero que pueden ser opuestas.
               No es la primera vez que este problema se plantea en la Argentina y ya a fines de siglo pasado tuvimos las dificultades que creaba la pretensión de ciertos círculos italianos del exterior de considerar a los descendientes de los peninsulares como súbditos del país de sus padres. Precisamente porque sé lo que ha significado la contribución judía en hombre, en trabajo y en cultura al quehacer nacional es que quiero que deje de ser judía para ser argentina. Si otro criterio hubiese primado con respecto a otras colectividades tan respetables y numerosas como las judías, este país no sería una nación, sino un campamento de colonias extranjeras. Aquello de “todos los hombros del mundo que quieran habitar el pueblo argentino” está condicionado a que quieran ser argentinos, plenamente argentinos como hombres y no como miembros de una colectividad. Importa una doble obligación: para los que ya son argentinos, la de no crear ninguna dificultad y facilitar la identificación de los descendientes de los inmigrantes sin hacer cuestión de raza, religión, ni idioma de los padres; pero importa también la obligación de facilitar la definitiva y total incorporación de sus hijos a cargo de los inmigrantes. Ya no hay en el país ítalo-argentinos, ni hispano-argentinos, ni tampoco vasco-argentinos, como en mi caso. Aspiro a que tampoco haya judeo-argentinos.
               Las razones que da el señor Finkelstein son de gran valor histórico y evidentemente constituyen parte de las dificultades específicas que hacen más difícil la identificación total de los judíos con el país que los de los miembros de otras colectividades. Pero el sionismo no intenta resolverlas porque en él, como es lógico, no pesan las razones nacionales nuestras sino las razones nacionales sionistas, muy respetables para los judíos y muy comprensibles para mí como hombre abstracto, pero no como hombre nacional de esta colectividad argentina formada por descendientes de españoles, italianos, indígenas, judíos, etc.
               Aviados estaríamos aquí si, por ejemplo, en cada elección política los candidatos, en lugar de plantear los problemas comunes de los argentinos, plantearan los problemas de cada colectividad, tratando de ganar los ciudadanos que componen el país, no por las razones nacionales identificantes nuestras, sino por las razones disgregantes de otro nacionalismo. Y aquí quiero recordarle que en la última elección presidencial, algo tiene que ver el sector sionista con la votación que tuvo el General Aramburu, especialmente a través del Partido Demócrata Progresista, en zonas en donde no hay un demócrata progresista para muestra. Esto no contribuye a eliminar el problema judío sino a agravarla, en cuanto un sector de los descendientes de judíos puede aparecer moviéndose por razones que serán muy nacionales desde el punto de vista sionista pero que no lo son desde el punto de vista nacional argentino.
               Y esto se hace más evidente recordando que por las aptitudes intelectuales de esa colectividad no es la programática del Gral. Aramburu la que pudo mover los votos sionistas. Este es un tema que los expertos en análisis electorales han callado deliberadamente con la hipocresía habitual con que se trata esta cuestión y a la que ya me he referido en la nota respectiva. Hubo una consigna nacionalista ahí, que no era la consigna nacional de los argentinos entre los que están incluidos los judíos
               Pero 'Horizonte' además de ser sionista es un periódico socialista. Para los socialistas, como lo he dicho en ese reportaje, nada puedo agregar a lo expresado por dos eminentes judíos; Carlos Marx y Abraham León. Que los sionistas sean socialistas en Israel me parece completamente lógico, pero que los socialistas sean sionistas en la Argentina me parece un absurdo. El fundamento de ese sionismo en un socialista no puede ser racial ni religioso. Y no siendo racial ni religioso, lo encuentro carente de sentido, cuando postula una doble finalidad fundada sólo en motivaciones históricas.
               Los demás inmigrantes han dejado su historia atrás. Los judíos tienen la suya documentada en el libro más grande y más antiguo. Pero italianos, españoles y franceses tienen la suya a la que no se consideran adscriptos sus descendientes empeñados en la tarea de hacer esta modesta historia nuestra que recién estamos comenzando. De otra manera y una vez escindido el país en descendientes de colonias extranjeras, terminaríamos por hacer de esta Patria una especie de mar polinésico - un amontonamiento de ghettos en formas de islas - por entre cuyos canales andarían navegando los últimos gauchos vestidos de vigilantes para impedir las peleas de isla a isla o para vigilar las transacciones pacificas de ghetto a ghetto. Y nosotros, los que somos el producto de la cruza de varias nacionalidades, que ha facilitado el ser una nación y no un agregado de minorías nacionales, carentes de ghetto propio, seriamos los parias, sin patria y sin isla propia.
               Por lo mismo que las razones judías del señor Finkelstein son valiosas le he tenido que contestar con estos conceptos elementales a que su posición me lleva y es que la doble nacionalidad no existe ni es admisible, porque significa la no existencia de nuestro país como nación. Yo no sé si para los sionistas este planteo implica el 'to be or not to be'. Para los argentinos, sí. Y por eso me resulta tan dañoso el antisemitismo como el sionismo en cuanto quieren establecer una diferencia nacional entre los argentinos. Y como 'Horizonte' expresa a un grupo no religioso del sionismo, le puedo
sintetizar con comodidad con un chiste amable que tal vez fuera mal recibido por un creyente: en cuestión de nacionalidad no se puede tener 'la chancha y los 20'.”