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miércoles, 27 de enero de 2016

La Rebelión de Azul y Olavarría Crisis y política en el ejército a principios de la década de 1970



Guillermo Martín Caviasca
UBA/UNLP
La Rebelión de Azul y Olavarría
Crisis y política en el ejército a principios de la década de 1970

The revolt of Olavarría y Azul
Crisis and politics in the army in the early 1970s

Abstarct
En octubre de 1971 se produjo un levantamiento militar en las localidades de Azul y Olavarría. En el estaba involucrados numerosos oficiales nacionalistas que se oponían a la política del general Lanusse. Ese levantamiento era la expresión de una crisis política general en la sociedad argentina que se manifestaba dentro del ejército, y mostraba la emergencia de una corriente “peruanista” que se vincularía al peronismo.

There was a military uprising in October 1971 in Azul and Olavarria. There were involved numerous nationalist officers who were opponents of the policy of General Lanuse. That uprising was the expression of a general political crisis in argentine society that manifested itself in the army , and showed the emergence of a " peruanista " current that would be linked to Peronism


Palabras clave
Fuerzas Armadas, rebelión, nacionalismo, liberales, democracia

Key Words
Army Forces, rebellion, nationalism, liberals, democracy



Analizaremos en este artículo la rebelión de las unidades del ejército acantonadas en las localidades de Azul y Olavarría en la Provincia de Buenos Aires. La rebelión se desarrolló entre el 8 y el 9 de octubre de 1971. Fue el episodio mas destacado de un largo enfrentamiento al interior del ejército cuyo germen se encuentra en el primer año de gestión de Juan Carlos Onganía al frente de la denominada “Revolución Argentina”.
Una parte sustancial de la oficialidad golpista había apoyado el derrocamiento del presidente radical Arturo Illia, impulsados por ideas de realizar una revolución nacionalista. Es más, una parte importante del sindicalismo, del peronismo y de muchos marxistas nacionalistas o futuros guerrilleros, veían en una parte de la oficialidad a posibles aliados y participes en una “Revolución nacional”[1].
Sin embargo la dictadura de Onganía, instaurada en junio, rápidamente mostró su verdadero rostro. Victima de la presión de los grades grupos económicos nacionales y transnacionales que eran su base de sustento, en diciembre el nuevo presidente nombró como ministro de economía (y de hecho superministro con todas las áreas relacionadas con lo económico/financiero y laboral a cargo) a Adalbert Krieger Vasena, un hombre vinculado a los monopolios y de confianza del mundo de las finanzas internacionales). Paralelamente los militares nacionalistas eran colocados en el CONADE (Consejo Nacional de Desarrollo), CONASE (Consejo Nacional de Seguridad) y CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Técnica) instituciones planificadoras pero de nula eficacia ejecutiva. Y el General liberal Julio Alsogaray era nombrado Jefe del Ejército.
El avance del plan de Krieger implico un relegamiento de los grandes proyectos transformadores de la estructura económica que los nacionalistas imaginaban, además de una fuerte desnacionalización de la propiedad de las industrias. En realidad Krieger Vasena elaboró un plan que promovía la inversión extranjera y desarrollaba grandes obras de infraestructura, pero la inversión era fomentada a través de un régimen que otorgaba al capital grandes facilidades y poco control, a su vez la devaluación abarataba el valor de las empresas que también se desnacionalizaban. Y como complemento la racionalización implicaba la desatención de las ramas de la industria nacional no competitivas y el abandono de las economías regionales más débiles en aras de la eficiencia. Esto a su vez se articulaba con el aplastamiento del movimiento obrero considerado un factor distorsionante de las relaciones económicas.
Si bien los nacionalistas descontentos, como veremos en este artículo, abarcaban un abanico de ideologías que iban desde la extrema derecha hasta en nacionalismo antiimperialista con resonancias de izquierda, lo cierto es que todos eran antiliberales y desconfiaban del gran capital extranjero. El levantamiento militar de octubre de 1971 fue la única de todas las conspiraciones del periodo que llego a transformase en rebelión abierta con movilización masiva de unidades militares[2]. Fue la puesta en acto de las aspiraciones, pero a su vez de la impotencia, de los nacionalistas militares. Y dejó en evidencia el poco enlace de su corriente con las fuerzas sociales y económicas dinámicas del periodo. Después de la sublevación las búsquedas de esta corriente avanzarían hacia un reflujo reaccionario o hacia una confluencia (aunque no identificación) con el peronismo y con sus corrientes mas combativas.

Antecedentes

Los primeros descontentos se canalizaron internamente y su protagonista mas destacado fue el general Juan Guglialmelli de gran prestigio intelectual y proveniente del desarrollismo nacionalista. Pero, cuando las tensiones que acumularon el plan de Krieger y la política represiva de Onganía produjeron el estallido social conocido como el Cordobazo en mayo de 1969, las manifestaciones de descontento pasaron a ser públicas. Frente a las puebladas, el discurso oficial se orientó hacia echar responsabilidades a la subversión y la agitación comunista, sin embargo dentro de las FFAA una parte importante de la oficialidad politizada descreyó de esta explicación en forma total o señalando su unilateralidad[3]. Se generalizaron en el interior de la fuerza y principalmente en la oficialidad joven la idea de que los estallidos y surgimientos de guerrillas, que a partir de mayo de 1969 se sucedieron, eran responsabilidad del mismo gobierno al aplicar un plan pro monopólico y renuncia a llevar adelante la “Revolución nacional”. También existe numerosos testimonios y trascendidos recogidos por los medios de la época de disconformidad y deliberación en la suboficialidad.
Esta visión no estaba fuera de las interpretaciones locales de la DSN (Doctrina de Seguridad Nacional) que interrelacionaban la “seguridad” y el “desarrollo” con diferente peso. En algunos casos como el de Guglialmelli, la cuestión de la seguridad no se relacionaba exclusiva ni principalmente con el tema subversivo o de “enemigos internos”, sino con una cuestión de garantizar una organización social y crecimiento económico de diferentes zonas del país, para que la proyección geopolítica Argentina pudiera llevarse a su máximo potencial y lograr el bienestar de la población. Para los militares de su pensamiento el statu quo era el enemigo a combatir, y este se representaba con las fuerzas internas y externas opuestas al cambio y que pretendían controlar los resortes básicos de decisión económicos, políticos, militares etc.[4] De esta forma las aspiraciones de los nacionalistas chocaban con las políticas concretas de la Revolución Argentina y elaboraban una sensación de “traición” a los “ideales” que los habían impulsado a realizar el golpe. Aunque pueda parecer sorprendente hasta muy avanzado el periodo pensaron en la posibilidad de reencauzar el gobierno y ganarse el apoyo popular.
1970, el último año de Onganía después del Cordobazo, fue el de la decadencia de su poder hasta el 8 de junio en que fue desplazado. Durante ese tiempo los caudillos del ala liberal los generales Alejandro Lanusse y Hernán Sánchez de Bustamante, se prepararon para deshacerse al presidente de facto y reorientar la dictadura, planificando la retirada hacia de un orden de partidos, con la menor concesión posible a los sectores populares como para salvar alguna parte de las aspiraciones de los golpistas de 1955. El golpe final a Onganía lo dio la operación guerrillera con la que se dio a conocer la organización Montoneros: el secuestro y muerte del general Aramburu, caudillo político militar de la derecha liberal antiperonista. La presidencia de Roberto Levingston entre junio de 1970 y marzo de 1971 fue contradictoria con disputas entre nacionalistas y liberales, entre la ideas de “continuar con la Revolución” u organizar la retirada. Esta contradicción y el aumento de la conflictividad que se puso en evidencia en el vivorazo o segundo cordobazo de marzo de 1971 llevó a Lanusse a derrocar a Levingston y asumir la presidencia para conducir personalmente retirada militar[5].
El Cordobazo fue la señal de generalización de las contradicciones entre facciones. Las divisiones en el ejército se generalizaron, y a las criticas de los nacionalistas como Guglialmelli se sumaron intentos concretos de insubordinación como los del General (nacionalista peronista) Eduardo Labanca, Jefe de la X brigada con asiento en Buenos Aires. El complot estalló en julio y en él estuvieron implicados importantes jefes y oficiales en actividad y retirados. Labanca fue descubierto y Lanusse movió sus fichas para neutralizarlo sin escándalo antes de la fecha pensada para el levantamiento (25 de julio). Tres generales entre los que se encontraba Alcides López Aufranc visitaron a Labanca y le ofrecieron un retiro silencioso si presentaba la renuncia. El general aceptó, aunque siguió conspirando dese su retiro. Pero la deliberación no se notaba solo en las cúpulas sino que comenzaron a hacerse explícitas las críticas a la superioridad de oficiales de baja graduación[6].
Es necesario remarcar que los grupos antiliberales del Ejército eran fuertemente contrarios a la figura de Aramburu (y de Lanusse) y lo que representaba políticamente. En ese sentido, algunos oficiales nacionalistas eran más abiertos y buscaban alianzas con grupos civiles de perspectiva que consideraban similar: la de la “Revolución nacional”. Recuerda el general Fabián Brown: “tenía unos 14 años cuando lo matan a Aramburu, y pocos días después en una comida en la que estaba (yo era de una familia peronista), donde había muchos nacionalistas, entra Juan Manuel Abal Medina y hay una ovación”.[7] Como vemos, el recuerdo de este general, proveniente de una familia peronista frecuentadora del “Círculo del Plata”, es contundente al presentarnos el efecto de la muerte de Aramburu entre militares y civiles nacionalistas. El tema es que el caudillo liberal era odiado no solo por las masas peronistas, sino por muchos militares. Había sido responsable de la ejecución de oficiales entre ellos el general Juan José Valle y era (junto con el Almirante Rojas) responsable de la separación del ejército de los oficiales nacionalista-católicos “lonardistas” que habían apoyado el golpe de 1955 desde una perspectiva “moderada”.
El clima deliberativo dentro de las FF.AA., especialmente en el Ejército, cruzaba desde el generalato hasta la base y llegaba hasta la suboficialidad. La implicancia de la fuerza en el gobierno efectivo, el roce permanente con una rebelión popular creciente y el fracaso (y falta de consenso interno) del modelo económico, promueven la politización, el debate y la rebelión[8]. Debemos tener en cuenta que se estaba produciendo en la sociedad un cambio en la conciencia media, un cambio que implicaba la discusión en torno a nuevos principios que no sólo replantean el problema del Estado, sino también el de sus fundamentos. Y, en ese camino, aparecen nuevas cuestiones que van más allá de la tradicional lucha peronista o sindical: se relativiza el principio de representatividad republicano liberal (bastante vapuleado desde el ’55 y de poco, o nulo peso dentro del ideario peronista), se discute la propiedad, se enfatiza la participación social directa y aparece a nivel masas la idea de la reforma de las instituciones o, inclusive, la revolución social[9].
El desarrollo de esta situación se observa con creciente inquietud entre militares y la búsqueda de una solución los impulsa hacia tres alternativas: 1) “profundización” de la revolución, avanzando hacia formas de nacionalismo económico y reforma institucional que permitan ganarse al pueblo; 2) reconstrucción de la legalidad tradicional rehabilitando en sistema de partidos y salvaguardando lo más posible del prestigio de la fuerza y del sistema liberal; 3) o avance hacia formas represivas más extremas.
Las alternativas eran confusas y mezcladas entre sí en muchos casos. Como mencionamos un período híbrido se vivió en los meses de la presidencia de Roberto Levingston, nombrado para concretar la segunda opción, pero que tomó algunas iniciativas que parecían orientarse hacia la primera[10]. La alternativa “profundizadora” es influenciada especialmente por el proceso peruano, donde se propicia la abolición de las instituciones liberales, la estatización, nacionalización y planificación de la economía y la formación de organismos de masas que viabilicen la representación popular en la gestión del proceso de cambio. 
La presidencia de Lanusse significo la puesta en práctica de la estrategia liberal que buscaba una retirada ordenada. Para ello el general implemento el GAN (Gran Acuerdo Nacional) con el que buscaba abrir el juego político para detener el proceso de radicalización conseguir canalizar las energías sociales hacia la salida electoral. Pero a su vez buscaba que esa salida electoral fuera limitada, para que todas las luchas dadas por los antiperonistas desde el propio levantamiento de 1951 no quedaran derrotadas. O sea lo que buscaba Lanusse y su corriente era volver a la institucionalidad democrática sin que esta implicara la derrota de la “revolución Libertadora”.
Esta política acentuó la deliberación al interior de las FFAA y las conspiraciones de los nacionalistas. Nuevamente el general Labanca encabezó una segunda conspiración esta vez claramente “peruanista” en mayo de 1971, intentando sublevar varias guarniciones (Labanca estaba en disponibilidad desde julio de 1969) presentando un manifiesto de la “Revolución nacional” de la cual el se presentaba como Jefe. El complot fracaso y Labanca siguió operando políticamente desde la clandestinidad[11].

Los hechos de Azul y Olavarría

Las intenciones de desbaratar la política de Lanusse y el GAN continuaron. El 8 de octubre de 1971, en coincidencia con el cumpleaños oficial número 76 de Perón, se desató la rebelión en los cuarteles de Azul y Olavarría, contaba con el compromiso de varias unidades del Ejército y la Fuerza Aérea. Según el coronel Ballester jefe del regimiento de Río Gallegos, el grupo aspiraba a desplazar a Lanusse y los liberales, profundizar la revolución en un sentido populista y convocar a elecciones en un plazo breve.
La conspiración según los datos conocidos, era paralela (no es claro el grado de conexión) a la reciente del General Labanca. Tenia su origen en las unidades dependientes de la Primera Brigada de Caballería Blindada de Tandil: los regimientos de tanques el regimiento 2 “Lanceros del General Paz” de Olavarría, comandado por Florentino Díaz Loza[12], el Regimiento 10 de Azul “Húsares de Pueyrredón” cuyo jefe era el Coronel Manuel García y su segundo Fernando De Baldrich (El Regimiento 8 de Magdalena no se vio afectado). La conspiración se fue ramificando, relacionada con el grupo de los coroneles recién pasados a retiro luego de la segunda intentona de Labanca. Entre ellos los que habían quedado en actividad como el Coronel Horacio Ballester asentado en Río Gallegos al mando del Regimiento 24 de infantería y otros complotados de su grupo no descubiertos en diversas unidades militares del país como el regimiento de Formosa. También en la Fuerza Aérea había conspiradores, era parte del complot el comodoro Pio Matassi jefe de la IV Brigada Aérea (con una nutrida dotación de A4-B) asentada en Villa Mercedes San Luis y, paralelamente, grupos de ultraderecha seguidores de Jordan Bruno Genta.
Según testimonios de Díaz Loza[13] y Ballester[14] el estallido de la rebelión sucedió de la siguiente manera. El trabajo de articular los diferente grupos conspirativos maduró rápidamente los primeros meses de 1971 a partir de la toma del gobierno por Lanusse. Varios hechos puntuales se sumaba para agitar las aguas entre los nacionalistas: la activación de GAN, la aceptación de la mediación británica en el tema del Canal de Beagle y la pronta reestructuración de mandos que amenazaba dejarlos en malas condiciones, por traslados, pedidas de mando efectivo o pases a retiro.
Díaz Loza acuerda en agosto con Matassi, con quien lo unía una amistad previa, sublevar a las FA. A su vez pudo haber tomado contacto con Levingston. Mientras que Ballester mantiene un nutrido grupo de conspiradores y sostiene contacto con Jorge Carcagno, para que se ponga a la cabeza de la rebelión. Sin embargo Lanusse y los suyos trabajaron activamente en prevenir la rebelión. Sea porque realmente estaban vinculados a Labanca o porque Lanusse aprovechó para deshacerse de los díscolos, poco después de la intentona “peruanista”, pasaron a retiro gran parte de los conspiradores del grupo de Ballester[15]. A esto se sumó la negativa de Carcagno a hacerse cargo de la rebelión, lo que hizo desistir a Ballester[16] de seguir hacia delante con la asonada, y así lo acordó con Díaz Loza en un encuentro secreto en Las Flores a mediados de setiembre. Sin embargo cuando el teniente coronel regresó a Olavarria encontró que sus subordinados se encontraban decididos a seguir adelante y Loza, con espíritu de caudillo, aceptó[17].
Como la inteligencia militar parecía haber detectado el movimiento (y quizás como consecuencia de esto) Díaz Loza se entera el 6 de que será relevado de la jefatura entre el 8 y 10 de octubre[18]. Así se acelera la operación y fija como fecha el 8 de octubre. Ese día planifica una actividad al mediodía con el intendente de Olavarría como para dar cobertura al inicio de la rebelión y evitar el relevo antes de ese día. La urgencia con que se termina desatando el levantamiento hace que sea Fernando de Baldrich el que quede a cargo de rebelar la unidad de Azul ya que su jefe, el coronel Manuel García se encontraba en Buenos Aires. Baldrich avisa a García que debe presentarse con urgencia en la unidad que la sublevación esta me marcha.
A las 14 hs. la sublevación estaba en desarrollo a las 15 30 comienzan a transmitirse proclamas por las radio de Olavarría copada por rebeldes. A las 16 30 las fuerzas de Loza ya estaban en marcha para unirse a las de Baldrich en Azul. Cuando las unidades del Regimiento 2 llegan a Azul, Los hombres del Regimiento 10 habían cumplido el plan y se encontraban sublevados y emitiendo proclamas por la radio de la ciudad tomada a las 15 hs. por una unidad militar. Pero ya en ese momento se encontraba a cargo de comandante de la misma el Coronel Manuel García regresado rápidamente desde Capital, como oficial en actividad de máxima graduación debía hacerse cargo de la conducción de las operaciones
La conducción del alzamiento fue caótica y con desinteligencias entre sus participantes. Se habían hecho presentes en el lugar otros altos oficiales conspiradores: los coroneles Ramón Molina (ex ayudante de campo del General Lonardi y vinculado a los intentos de Labanca), José Luis García, Carlos Gazcón y Gustavo Cáceres (inclusive el general Labanca, en la clandestinidad en ese momento, llega para sumarse a la sublevación). Discuten hasta cerca de medianoche el que hacer.  Según publicaciones de la época, Ramón Molina  y Manuel García disputaron desde el inicio la orientación de las acciones militares. Mientras que Molina proponía tomar Mar del Plata para garantizarse la radio de la ciudad que era la más poderosa de la región, García se negaba, aduciendo que las unidades allí acantonadas era rebeldes si necesidad de intervención (cosa que no paso ya que no se rebelaron justamente porque nadie fue a proponérselos según le dijeron varios de los oficiales a los rebeldes después de derrotados); también se propuso marchar a Bahia Blanca (sede del V Cuerpo de Ejército y de la Flota de Mar) tomar la ciudad y hacerse fuertes ahí para impulsar la sublevación ya que en el camino hacia el sur no había unidades que pudieran interrumpir el avance.
El Plan de Díaz Loza (el hombre mas dinámico y respetado del grupo) era sublevar la mayor cantidad de unidades de la zona y marchar rápidamente a la Ciudad de Buenos Aires para tomar el control (supuestamente existían posibles adherentes al movimientos en los cuarteles de la capital) deponer a Lanusse y instaurar un nuevo presidente de carácter provisional “profundizar la revolución” y convocar a elecciones completamente libres en seis meses. O sea atacar el centro del poder militar y realizar así un golpe de efecto que asumía multiplicador. Pero las discusiones duraron hasta cerca de medianoche. Se impuso finalmente la idea de avanzar a la capital hacia la que se pusieron en marcha a las 5 30 de la mañana del día 9.
A la cabeza marchaban las unidades de Olavarría, más atrás las de Azul. La columna del regimiento 10 se dividió en dos grupos; el primero comandado por Baldrich avanzaba a paso firme, mientras que el segundo comandado por García avanzaba muy lento, “demasiado lento”[19], según los más variados testimonios. De esta forma la rebelión se desgranaba y García aducía que ante la posibilidad de represión había que quedarse cerca del cuartel para organizar la resistencia, mientras que Molina y Baldrich insistían que debían que llegar rápido a Buenos Aires para garantizar el éxito y la extensión del movimiento antes de que la reacción se hiciera fuerte. La situación llego al extremo de amenazas de Molina a García con su arma para que este avanzara. García ordena el repliegue aduciendo que ya era imposible avanzar dada la gran movilización de tropas realizada por Lanusse y encabezada por el general Anaya (quien se encontraba al tanto de la conspiración), esto hace que gran parte de las unidades rebeldes desistan de avanzar y retornen a sus bases. Baldrich desobedece y se declara subordinado a Díaz Loza continuando el avance con solo tres tanques y 150 hombres.
La ausencia de la FA fue otro factor determinante (en el plano militar) para el fracaso de la rebelión. Existían en esta arma varios grupos de conspiradores, pero algunos eran de ultraderecha y abandonaron la conspiración por sospechas de que en el ejército había algunos oficiales “izquierdistas”. Sin embargo Pio Matassi jefe de la base aérea de Villa Reynols (la mas poderosa del país) de ideas mas amplias continuó. Pero las actividades conspirativas del mismo habían sido delatadas y el Brigadier Rey (jefe de la fuerza) envió al comodoro a una misión en Alemania e Israel a mediados de setiembre.
Cuando este volvió la rebelión ya estaba en marcha. Inmediatamente intentó dirigirse a su base, se embarcó en un avión de Aerolíneas Argentinas al que secuestró desviándolo a Villa Reynold, donde no puede aterrizar porque el jefe a cargo de la base ordena colocar obstáculos en la pista. Entonces se dirige al Plumerillo donde había otra base aérea y consigue que se subleven los oficiales poniéndose a sus órdenes. Pero allí no contaba con los A4-B como para intervenir efectivamente y el paso del tiempo sumado al fracaso rápido de las tropas de tierra hizo que su acción fuera inútil, debiendo rendirse y quedando detenido.[20]
Otros dos intentos de acoplarse al levantamiento suceden en el resto del país. Uno en Río Gallegos donde el coronel Ballester, que dudaba de que las informaciones que recibía se relacionaran con “su” levantamiento o con otros conspiradores, recibe muy tarde la confirmación de que los rebeldes eran sus compañeros. Esa confirmación la recibe de parte del coronel José Luis García (a través de su mujer), recién a la mañana del día 9. Entonces comunica por vía interna que se plegaba a la sublevación y se dirige a la radio de la ciudad a comenzar a emitir comunicados y dar inicio a la movilización de sus hombres. Pero en esos momento los rebeldes de estaba rindiendo, y cuando sale de la radio un enviado de la brigada le informa de esa situación, que él es el único rebelde del país, con lo que Ballester depone su actitud. Su superior el general Manuel Rodríguez, jefe de la IX brigada intentará salvarlo ya que la vorágine de los acontecimientos impidió que su rebelión se efectivizara e hiciera pública[21]. Pero la información llegó a Lanusse y Ballester fue dado de baja y condenado a prisión, mientras que el general Rodríguez fue pasado a retiro[22]. Otros intento en filas del ejército se dio en Formosa donde el Teniente Coronel Luciano Lauría intento rebelar a su regimiento el N 29 de infantería de monte que también fracaso, fugándose a Paraguay emitiendo una declaración de ambiguo contenido, donde mezclaba temor al avance del comunismo como consecuencia de la política de Lanusse y reivindicaciones nacionalistas.
Los fracasos del levantamiento militar eran evidentes, si al inicio de la sublevación los rebeldes contaban con unos 2000 hombres y las mas importantes unidades de tanques del país, la seguridad de ser acompañados por otros focos cuando la noticia se difundiera, mas el esperado concurso de la fuerza aérea, la mañana del día 9 solo les quedaban 239 hombres y algunos vehículos blindados.
Las negociaciones para la rendición comenzaron. Según relatan revistas con llegada a fuentes militares el día 9, el mayor Lizarrsu del regimiento de Olavarría se trasladó a dialogar con el coronel Juan Carlos Colombo leal a Lanusse, adjudicándose la representación de Baldrich y Díaz Loza. Allí se encontraban Colombo y el general Virgilio Gorritz quien intimó al mayor e intentó que quedara detenido, pero Colombo con el mando efectivo de su unidad aceptó la propuesta de Lizarrasu de negociar. Concretaron una reunión en las cercanías de Saladillo entre Colombo y Díaz Loza. Según la fuente no identificada que informa de los hechos a Panorama[23] Díaz Loza mostraba decisión a pesar de lo desfavorable de la situación en ese momento para su alzamiento “nuestro regimiento nunca se ha rendido a sus enemigos” insistía, mientras Colombo se mostraba conciliador buscando bajar los decibeles[24].
Lo cierto es que a causa del retraso, o por que las contradicciones ideológicas entre los conspiradores eran tan profundas que no les permitían siquiera resolver líneas generales de mandos consensuados, los rebeldes se vieron rodeados rápidamente, aislados, y Baldrich se rindió. Ramón Molina paso a la clandestinidad Lanzando una proclama el 12 de octubre en la que justificaba a la guerrilla, acusaba al ejército de represor y señalaba como cobardes y traidores a varios de los complotados entre ellos a García quien se había reunido durante la marcha inicial con los diferentes jefes de escuadrones para que desistieran. Retirando a sus fuerzas a Azul las unidades de García se rindieron sin combatir. Sin dudas el Coronel había actuado de tal forma de conservar el mando, trabar decisiones, y generar condiciones para el rápido fracaso. El resto de las fuerzas al mando de Díaz Loza se rindieron dos horas después pasado el mediodía.
Lannuse aprovechó la presencia de derechistas en el movimiento de forma muy perspicaz. El mismo 8 de octubre a la noche habló en Cadena Nacional y definió a los rebeldes: “Esconden sus reales vocaciones, reñidas con el sentimiento argentino, detrás de su máscara de falso nacionalismo, y niegan su dudoso cristianismo al desconocer a Dios, cuando desprecian al pueblo”. Uno de los generales que flanqueaba a Lanusse en su alocución era Carcagno[25]. O sea como primer paso el líder liberal puso a sus críticos a su derecha (a la derecha del GAN), y los aisló de todo el espectro político y sindical; e inclusive los dejó solos dentro de la fuerza. Con esta situación del escenario político logró movilizar paralelamente, en unas pocas horas, cerca de 10.000 hombres del Ejército, que aislaron las columnas rebeldes[26].

Consideraciones políticas de la rebelión

Un tema que no esta claro es quien seria el hombre que quedaría a cargo de la sublevación, y por lo tanto de la presidencia si ésta tenía éxito. Muchos indicios hacen pensar que ese hombre sería el general Jorge Raúl Carcagno quien con moderación venia manifestando disidencias con la interpretación oficial de la situación política y social del país. Ballester habla de los volantes que llevaban la firma de “El comandante” y describe sus características:
“Llegó a ser comandante en jefe del Ejército, cargo en el que desarrolló una destacada labor (…) Carcagno era nuestro cabecilla. Yo no lo conocía personalmente, sólo cuando entré en el Ejército, en 1943, porque Carcagno era el cadete de 5° año, era el encargado de la compañía (…). Era un tipo decente, muy recto, de mucho carácter y muy, muy bueno. Pero Carcagno, a último momento, no vio la cosa muy clara según parece… Y eso me lo dijo en Río Gallegos, una vez que fue a inspeccionar, yo le dije que estaba listo para salir cuando él dijera y él dijo que no, había desistido, porque no veía las cosas bien, que le faltaba información… Bueno, yo estaba en Río Gallegos, ¿qué podía saber? Mis amigos me mantenían informado lo mejor posible de lo que pasaba, pero uno allá no era más un activo conspirador. Incluso Lanusse lo nombró Jefe de Operaciones del EMG (…). Yo creo que fue para captarlo o para anularlo, lo cierto es que nos quedamos sin comandante”[27].
La idea de quien debía ser el jefe es pare también de las consideraciones en torno a las heterogeneidad de los grupos conspiradores. Los gentistas de la FA querían a Coronel Raimundes, en el ejército algunos hablan del recién derrocado General Levingston según recoge el general Reinaldo Bignone en sus memorias, inclusive se habla del General Anaya superior de todos los rebeldes y muy probablemente contactado para la sublevación. Sin embargo el caso de Carcagno reúne características especiales para ser el mas probable jefe o al menos el jefe elegido por en grupo de conspiradores que contaba entre sus miembros a Ballester y Díaz Loza. Si bien en esta etapa  los nacionalistas “peruanistas” adolecen de un grado de “sectarismo militarista” que les impide ver el conjunto de los problemas sociales y políticos, lo cierto es que Carcagno da con el perfil ideológico que este grupo tomará en nos siguientes años y es sindicado como el jefe deseado por los mas activos. Quizás su desistimiento, el hecho de que la operación fuera suspendida pero se terminara llevando a cabo igual casi en forma sorpresiva para muchos de los complotados, hizo otros nombres cobran fuerzas en forma de opción posible sin que ninguno llegara a ser definido.
El que te movió con rapidez e inteligencia fue Lanusse que sindicaría rápidamente a los complotados como fascistas, oscurantistas, reaccionarios, y conseguiría inmediatamente la solidaridad de todo el espectro político.
En pleno llamado al GAN con su consecuente apertura a los partidos políticos, la reacción de estos últimos frente a un posible golpe, así este se presentara bajo la polisémica definición de “nacionalista” (por ejemplo Onganía se había proclamado también nacionalista, y los rebeldes venían a “rescatar los principios de la “Revolución Argentina”), fue monolítica cerrando de hecho filas atrás de la versión lanusista de los hechos. La UCR y el Justicialismo consideraron la asonada totalitaria y destinada  a “cerrar el camino de la institucionalización”. El dirigente cordobés Ricardo Obregón Cano futuro referente del espacio político montonero calificó al intento de “reaccionario, oscurantista y medioeval”. Posiciones similares tuvo el Socialismo tradicional (PSD) calificando a los militares de nacionalistas antidemocráticos. El Partido Comunista condenó al golpe como fascista orquestado por la CIA en consonancia con la política latinoamericana de los EEUU. Arturo  Frondizi y el desarrollismo en general (Oscar Alende, Rogelio Frigerio) repudiaron el intento pero fueron mas moderados en sus condenas dado sus contactos con militares nacionalistas-desarrollistas que estaban implicados en el clima de agitación en las FFAA desde hacia varios años (los desarrollistas fueron paste de la experiencia de Levingston, no debemos olvidarlo). Justificaron aduciendo el clima de “frustración del país” y señalando la fractura horizontal existente en la fuerza. Los sectores de la Izquierda nacional (cuyo referente era Jorge Abelardo Ramos) señalaron que “sin dudas entre quienes se levantaron en Azul y Olavarría hay también jóvenes oficiales patriotas, inquietos porque la economía argentina siga en manos de monopolios y por las suerte de una elecciones cuyas reglas de juego limpio no están señaladas. Si es así” responde el documento de la PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional) dirigiéndose sin dudas hacia interlocutores militares “esos militares comprenderán que no hay liberación nacional sin el apoyo activo de las masas populares”. El PDC (Partido Demócrata Cristiano) también fue contemplativo advirtiendo que repudiar un golpe que supuestamente pretende una dictadura no debería significar apoyar otra dictadura (la de Lanusse). Sugestivamente los grupos mas vinculados a la libertadora orientados por el Almirante Rojas condenaron a los insurrectos llamándolos “fascistas de izquierda”.
La apertura electoral propuesta por Lanusse era un tema en el que todas las tendencias políticas partidarias acordaban, sólo se estaba discutiendo la fecha y la capacidad de Lanusse de imponer condiciones. Por lo tanto, los complotados, aunque fueran “peruanistas” y tuvieran intenciones democráticas o nacionales plausiblemente coincidentes con un amplio segmento de la sociedad, no comprendían el nuevo escenario político que impedía comenzar (o recomenzar) la “Revolución Nacional” sin apertura plena y sin Perón. Parece claro cuando Ballester se autocritica que en sus planes rebeldes ignoraba la existencia de una sociedad entorno a su unidad militar.
Así es como Lanusse comprendió esto, y unió en el repudio a todas las tendencias significativas de la política de entonces. Es probable que Carcagno desistió de aparecer encabezando un levantamiento que requería, sino el apoyo, al menos la neutralidad de las masas, pero que iba a encontrarse socialmente aislado y por lo tanto condenado a la derrota. Probablemente tuviera una visión realista de la situación y asumir que lo mejor era esperar y preservarse[28]. Su visión política cuando le tocó reprimir el cordobazo fue sin dudas mucho más perspicaz que las de sus colegas partidarios de una “conspiración comunista” atrás de los hechos de Córdoba. En última instancia, el tiempo le dio la razón y llegó a la comandancia de la fuerza, pero con una amplia cantidad de oficiales que podrían haber ampliado sus bases de sustento separados del Ejército a los largo de estas fracasadas sublevaciones.
Una consecuencia de la asonada fue la oportunidad de Lanusse de reorganizar la estructura de mandos de la fuerza, ascendiendo a puestos destacados a varios oficiales que tendrán una actuación relevante pocos años después. Entre ellos el coronel Arturo Corbetta, el coronel Guillermo Suárez Masón, el coronel Riveros, el general Jorge Rafael Videla, el general Viola. Como vemos existe un recambio de la estructura de mandos hacia un sector de la fuerza, fue derecha liberal la que ocupó los espacios perdidos por los rebeldes nacionalistas.
Las dudas sobre quien debía dirigir la sublevación muestra el grado de orfandad organizativa y de diversidad ideológica de los complotados. Según el relato del general Ricardo Etcheverry Boneo (un nacionalista católico), comandante de la brigada, los oficiales de plana mayor del regimiento le plantearon la necesidad de “profundizar la revolución” y uno le propuso que encabezara el alzamiento.[29] Como vemos, los relatos coinciden en la existencia de descontento de los cuadros inferiores y de algunos superiores,[30] pero no en su orientación y dejan ver mas entusiasmo por rebelarse que ideas y organización.
El factor interesante a tener en cuenta, para delimitar las contradicciones de “los nacionalistas” (bien aprovechadas por Lanusse), es entonces, su amplia diversidad ideológica. Recuerda el entonces teniente Luis Tibiletti:
“El libro que interpreta exactamente el pensamiento, la ensalada ideológica de un militar de la década del setenta, es Las armas de la revolución, de Florentino Diaz Loza. Ahí tenés exactamente contados la cabeza de un militar cruzada por el nacionalismo, el Concilio Vaticano, los curas del Tercer Mundo, el revisionismo histórico antiliberal, la Hora de los Pueblos,  todo mezclado, ahí tenés un militar del setenta. Y del otro lado (ríe) ¡el otro lado! Toda esta ensalada es lo que se llamaba el ‘Ejército Nacional’, donde había nazis, de todo. Nac&pop, típicamente nac&pop. Después (el otro lado), una conducción totalmente centralizada de tipos o profesionalistas puros o gorilas redomados”.[31]
Según el otro de los líderes del levantamiento, el teniente coronel Fernando de Baldrich, jefe del Regimiento 10 de Caballería de Azul, se trataba de un “movimiento nacional y cristiano con amplio sentido popular (…) Apoyamos la doctrina social de la Iglesia y las encíclicas papales” con el cual pretendía “reencauzar” la Revolución Argentina que Lanusse estaba hipotecando al liberalismo y condicionar la salida electoral. Y afirmaba en el comunicado oficial de su guarnición que: “Hoy, los argentinos vemos con estupor e indignación cómo vuelven a ser puestas en circulación viejas y gastadas palabras –democracia, libertad, sufragio- para montar una nueva farsa electoral que le de el gobierno a una minoría antinacional”. Declaración que, como vemos, tiene evidentes roces con la descripción general que Ballester hace de los objetivos de la asonada, pero que entra como lógica en el relato de Tibiletti[32].
De Baldrich reiteraba en sus proclamas invocaciones a Dios, y afirmaba que los militares habían tomado el poder para realizar una profunda revolución, sosteniendo que “la confabulación de intereses encumbrados en las más altas jerarquías políticas y militares (están) conspirando contra la nación”. Y seguía más adelante: “No queremos ser una filial de las usinas internacionales del dinero, porque queremos una vida digna en un país libre para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos”. Para Baldrich sólo debía haber elecciones después de haber hecho la revolución. Con este contexto de afirmaciones antidemocráticas, el jefe de Azul le acerca a Lanusse los elementos necesarios para caracterizarlo como oscurantista. También De Baldrich afirmaba que “Si alguna definición nos cabe. Es la de lonardistas. Queremos hacer realidad el deseo de Lonardi deque no haya en el país vencedores ni vencidos”[33]. A que se refería el Teniente Coronel con esta afirmación. Por lo menos en lo que cabe a su interpretación del alzamiento y los motivos de su participación en el mismo vemos que es un nacionalista católico conciliador que se identifica con la corriente que en 1955 se abrió del peronismo por los “excesos” de Perón con la Iglesia y por la “demagogia”, que fue receptiva al discurso contrario al las inversiones extranjeras que Perón quería impulsar hacia el final de su gobierno. Sin embargo que compartía con el peronismo la idea de armonía de clases, nacionalismo, representación sindical de los trabajadores e industrialización. Corriente que fue desplazada rápidamente por los liberales furibundos antiperonistas, y que en general muestra arrepentimiento de su accionar en el 55. Lo que Baldrich expresa como lonardismo puede ser discutible. Pero creemos que a la luz de los hechos y del momento histórico muestra más bien una decisión de enfrentar a los liberales y reestablecer lazos con sectores del peronismo.
Algunos investigadores colocan al otro de los líderes, el teniente coronel Florentino Díaz Loza, en una posición de derecha (aunque más matizada que a Baldrich). Para ellos, el jefe de las fuerzas asentadas en Olavarría mantenía una postura netamente antiliberal, al considerar que el liberalismo era culpable de ser anticristiano y al debilitar los lazos sociales, y abrir las puertas al marxismo, que era necesario “recrear la nación sobre bases auténticas, fidedignas, genuinas y reales (para ello había que) desprenderse drásticamente de los dictados liberales, masones e internacionales de la sinarquía económica e ideológica”[34]. Sin embargo, los comunicados emitidos por su unidad se acercan mucho más a los que podemos considerar una postura nacionalista populista y más democrática.
“A medida que transcurre el tiempo se estrecha cada vez más el margen de la esperanza en una salida electoral libre y sana (…) Este acto histórico viene a sentar las bases de un hecho revolucionario e irreversible en el más corto plazo posible para luego entregar definitivamente el gobierno a los representantes elegidos por el pueblo, sin pactos inmorales, sin artimañas ni componendas de seudo dirigentes aprovechados de la política”.[35]
Mientras duró el levantamiento se emitieron once comunicados en Olavarría, cede del que fue el jefe máximo Díaz Loza. Anunciaban que estaba dispuestos a concretar la necesaria revolución nacional que debía ser el preludio “a la convocatoria electoral a la ciudadanía argentina”, en el segundo enunciaban que el país se encontraba en
“ruptura de la moral, la paulatina pérdida de los valores del ser nacional, desnacionalización, injusticias de todo orden, contubernios políticos inmorales, entreguismos a monopolios explotadores de la economía y patrimonios argentinos, descontrol de la seguridad pública, menoscabo del respeto, seguridad individual y muchos otros”[36].
Los comunicados de Olavarría insistían reiteradamente en el gobierno de los monopolios y proponían un programa en el que el Estado se hiciera cargo de la dirección de la banca, finanzas en general y pusiera límites a la presencia del capital extranjero. Todos los comunicados tienen esta tónica y los participantes afirman (el mismo Díaz Loza entre ellos) que pensaban en plazos de seis meses. Los comunicados de Díaz Loza combinaban una propuesta nacionalista y estatista, antimonopólica con leves matices antiimperialistas (esta faceta será profundizada por Loza en sus publicaciones posteriores a ser separado de la fuerza), con elementos tradicionales del nacionalismo católico referidos al orden y unos ambiguos “valores morales”. Sin embargo el eje esta en la necesidad de terminar con “los gerentes nativos de la Argentina colonial”, lo cual ubica su rebelión en sintonía con la oposición a Krieger Vasena y otros equipos sucesivos de gobierno vinculados a las grandes compañías monopólicas.
El coronel Ballester reconoce, cuando lo indagamos especialmente sobre las características de estos oficiales, que Loza
era muy católico, muy religioso. Para mí era demasiado de derecha. De Baldrich, que era el otro que estaba con él en esa, buen tipo pero de un nivel intelectual más bajo. Era decidido pero… Mirá, en el libro Las armas de la revolución, Díaz Loza termina diciendo que, ‘al final desperté, había amanecido y me di cuenta que había pasado una noche en vela y no había hecho las oraciones de la noche…’ Llega a colocar eso, de tan religioso que era”[37].
Rafael Labanca recuerda a ambos y rescata a Díaz Loza con más firmeza que a Baldrich, aunque señala insistentemente que ninguno se acercó a las definiciones de su padre. Si bien el planteo de los coroneles rebeldes es irreal en el contexto político, la identificación del grupo como reacción fascista parece más bien exagerado, y un inteligente éxito de Lanusse a partir de un lenguaje fuera de contexto y la heterogeneidad del grupo.
En el mismo sentido, los escritos de los coroneles Horacio Ballester, Augusto Rattembach, José Luis García y Carlos Gazcón, afirman que el levantamiento, si bien era diverso en sus componentes, tenía como objetivo asegurar que Lanusse no condicionara la salida electoral, imponiendo un continuismo liberal. La participación de Díaz Loza junto a Gulgilamelli en Estrategia, luego que saliera en libertad con la amnistía de 1973, pareciera hacer verídica la visión “peruanista” de este sector de los conspiradores. El peruanismo argentino, fue un proceso que se dio dentro del ejército en el marco de las luchas políticas y sociales que enfrentaron a la “Revolución argentina”; que nació a partir de 1969 en una combinación de sorpresa en muchos militares por la proliferación de puebladas y guerrillas, con la realidad promonopólica del golpe que habían impulsado. Tuvo su efímero apogeo entre el años 1972 y 1973 con su confluencia parcial con los sectores más dinámicos del peronismo y con el acceso a la comandancia del general Carcagno. Pero el enfrentamiento interno del peronismo cortó su maduración y la agudización de la lucha y el enfrentamiento guerrillero eliminó a los militares dialoguistas. Para 1975 las FFAA se encontraba sólidamente encolumnadas tras sus mandos liberales y seguidores de la Doctrina de Seguridad Nacional, convencidos de desarrollar la lucha antiguerrillera. Por eso cuando hablamos de “peruanistas”, puede parecer exagerado a un lector poco informado, sin embargo esta corriente se manifestó esos cortos años y desapareció con rapidez de la misma forma que con rapidez se degradó la experiencia democrática de 1973.
Durante su prisión en Magdalena, Florentino Díaz Loza escribió Las armas de la Revolución, un pequeño libro en el que narraba conversaciones ficcionadas en prisión de un grupo de militares, identificados por su grado y el nombre de algún caudillo federal del siglo XIX.[38] El texto nos permite rastrear algunas de las características del pensamiento de este grupo. En particular, su interpretación revisionista de la Historia Argentina, basada en la lectura de autores como Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña, o José María Rosa. También puede identificarse la clara influencia de la “Revolución Peruana” encabezada por el general Juan Velasco Alvarado y las críticas a la política de seguridad continental de los Estados Unidos, a la que adhería el Ejército Argentino. Sin dejar de criticar al marxismo, planteaba la necesidad de superarlo, pero en una óptica más cercana al nacionalismo velasquista que a la DSN; rescatando a Argelia, Cuba, Perú, Bolivia, Chile, Egipto, cada pueblo, cada nación, una revolución nacional propia y respetable.
Desde el punto de vista político, debemos destacar que la corriente nacionalista de las FFAA era muy heterogénea y a pesar de que hacia el año 1971 las ideas “peruanistas” y de acercamiento al peronismo avanzaban, no debemos ignorar, por ejemplo, la existencia también de “gentistas”,[39] minoritarios pero cierta influencia, aunque el curso de la historia fuera en 1971 hacia “la izquierda”. Es lógico que los “ultras” gentistas desconfiaran de que en este movimiento militar hubiera tendencias populistas de izquierda o peronistas. Ante un investigador, no necesariamente de izquierda, el gentismo suena irracional, y algunas de las declaraciones con un énfasis nacionalista católico y resonancias autoritarias de De Baldrich pueden oscurecer la mayor complejidad de este movimiento militar[40], entre cuyas cabezas había una mayoría de oficiales que terminó colaborando con en el peronismo, dialogando con la “tendencia revolucionaria” y no con la derecha del movimiento de Perón.
Pero el clima de politización en las FFAA no se daba solo al interior del cuerpo de oficiales. Según las informaciones que surgen de los testimonios y trascendidos del interior de la fuerza, otro foco de agitación en el ejército fueron los suboficiales que se manifestaron alto “nivel de politización” actuando concientemente y no solo por disciplina en el apoyo a los rebeldes o poniendo poco esfuerzo en las tareas de preparación de la represión a los mismos al interior de las unidades leales[41]. Si bien el Ejército argentino no es una estructura aristocrática y clasista como vulgarmente se cree, si es cierto que el cuadro de oficiales esta compuesto abrumadoramente de sectores medios hacia arriba, mientras que el de suboficiales de lo es al a inversa. En ese sentido el “peronismo” entre los suboficiales era mayoritario y la influencia del sentir de los sectores populares es directa en un contexto de politización. La revista montonera El Descamisado daría cuenta en 1973 varias veces de inquietudes entre los suboficiales de todas las armas[42].
Otra cuestión destacable en los efectos de la rebelión fue que Lanusse reconoció que la movida de Azul y Olavarría acotó su margen de acción política. Pese a la mezcolanza ideológica y las legítimas dudas sobre los objetivos planteados que aparecen en las investigaciones, varios de los participantes tuvieron en el futuro una actuación política democrática como militares retirados, con vínculos con la izquierda y se mantuvieron en un nacionalismo popular. Tal es así, que en un libro de autoría colectiva editado a principio de 1987, los mencionados coroneles Ballester, Rattenbach, Gazcón y García recuerdan en un breve párrafo ese alzamiento como clave para la salida democrática: “La inteligencia de Perón y una pequeña pero trascendente intentona militar contra el GAN y a favor de las elecciones sin proscripciones (conocida con el nombre de sublevación de Azul y Olavarría) obligaron a Lanusse –según sus propias expresiones- a tragarse sapos. Es decir, permitir el regreso de Perón a la Argentina y convocar a elecciones”[43].
Es difícil para nosotros afirmar si en ese momento los “revolucionarios nacionales”, buscaban elecciones o “profundizar la revolución” antes de entregar el poder y armaron su discurso, en clave democrática, después, junto con su acercamiento al Peronismo[44]. Más adelante hacen propia la posición del General Carcagno en la X CEA. Los montoneros sobrevivientes recuerdan que “hubo un trato bastante avanzado con gente que había participado en el golpe de Olavarría en el año ’71, militares nacionalistas que se levantaron contra Lanusse. Parece que alguno de esos tipos estuvo muy cerca de Montoneros”[45].
En el mismo sentido, Perdía reconstruye la relación en el largo plazo:
“Los coroneles de Azul y Olavarría (…) un grupo de oficiales donde están Ballester, García, Rattembach… Y no me acuerdo qué otros, creo que eran 4 ó 5 coroneles, que encabezaron un movimiento demandando a Lanusse que garantice las elecciones, que asegure las elecciones, eso estuvo en marcha, llegó a haber exteriorizaciones públicas, debe estar documentado, en los archivos se lo puede buscar (…). Esa gente formó parte, después, del UALA[46]. Una institución que bancábamos nosotros y que dirigía Urien, que estaba dirigida justamente a los sectores militares de América Latina. Y en Argentina, su sostén, además de incluir compañeros nuestros adentro, Urien y otros compañeros nuestros, era ese grupo de los levantamientos de Azul y Olavarría. Este grupo era… aliado, digamos, con los cuales compartíamos. Ellos estaban con la legalidad del proceso electoral, que los militares debían cumplir su palabra y retirarse. Que no debían hacerle trampas a Perón ni al peronismo. Esa era la posición, rápidamente, frente a otros sectores que estaban francamente en la conspiración, procurando evitar el regreso de Perón y abortar el proceso electoral, que era la actitud de otro sector militar”[47].
Ballester recuerda que pudo haber contactos después del alzamiento de Azul y Olavarría entre ellos y Montoneros, o grupos peronistas, especialmente en torno a la vuelta de Perón –de hecho, Urien era montonero y estaba vinculado con Ballester-, pero los contactos más estables fueron posteriores. Y Rafael Labarca afirma la alta cercanía de su padre con Montoneros. Consideramos entonces que este levantamiento contribuyó a definir los lineamientos de la corriente peruanista y delimitarla de otros actores nacionalistas. A su vez, dejó en claro que, para avanzar en sus propósitos, debían acercarse más al peronismo, paso que fue el siguiente en darse por parte de esta corriente.

Conclusión

Cual era la orientación política del levantamiento de Azul y Olavarría. Que buscaban los militares que pusieron en juego su carrera y conmocionaron al país con una movida tan audaz. Eran partidarios de la “Revolución nacional” y se pueden definir con parte de esa corriente latinoamericana “peruanista” derivada por izquierda de la doctrina de “seguridad y desarrollo”
Los partidarios de la Revolución Nacional dentro de las FF.AA. no definieron su significado con claridad, quizás justamente porque sugería cosas diferentes para cada tendencia dentro del nacionalismo. La “Revolución Argentina”  implantó una política represiva en lo social, conservadora en lo cultural y promonopólica en lo económico. Indudablemente no significaba lo mismo para Onganía, Guglialmelli u Osiris Villegas, militares destacados del nacionalismo militar en 1966. Por eso en el setenta los lineamientos de la Revolución buscada por los militares nacionalistas comenzaron a dividir aguas y se perfiló con más claridad un sector “populista”, para el cual este concepto tenía un significado más preciso.
Era un gran salto hacia delante, que se llevaría a la práctica mediante un proceso de nacionalización de la economía, de desarrollo de las fuerzas materiales mediante grandes obras y de planificación estatal. Los militares más audaces no dudaban en que era necesaria la realización de una reforma agraria que eliminara a las clases más parasitarias, en algunos países rémoras en general de antiguos modos de producción o de la opresión colonial. Esta “revolución” debía implicar un proceso de integración de las clases oprimidas a una nación, orgánica, a través del trabajo, la organización y el logro de mejoras sustanciales que las elevaran moral y culturalmente, potenciándola. Este cambio social incorporaría a la nación a amplios sectores trabajadores alienados de la misma por Estados de cuño oligárquico o colonial. Pero no una integración estática como para en sector nacionalista tradicional, sino dinámica, movilizada, con participación orgánica, aunque no clasista.
Para el general Brown, “las categorías ‘revolución nacional` y ‘antiimperialismo’ aparecen en los militares y están en la izquierda. Y desde los militares las podés encontrar en Las lanzas de la revolución, de Florentino Díaz Loza, jefe de los levantamientos de Azul y Olavarría. Y ese es el nexo que permite la existencia de una vinculación entre esta corriente de militares y sectores del peronismo revolucionario y la izquierda. Allí recalcaba Loza que “Lo mas auténtico, lo mas genuinamente nacional que poseemos son las masas trabajadoras. El peronismo está compuesto principalmente por éstas. Esa es, pues, la base para el movimiento popular nacional. No hablo del partido, sino del movimiento. Este será entonces el Tercer Movimiento Histórico”[48]
Los procesos del Tercer Mundo englobados como revoluciones nacionales fueron variados y de fronteras difusas. Muchos de ellos fracasaron, o más bien fueron decepcionantes, pero los nacionalismos árabes tuvieron una vida y un prestigio más prolongado hasta ser arrasados a partir de la década del noventa. En América Latina la “Revolución Nacional” se cruza con el “populismo latinoamericano” y tuvo su expresión en movimientos nacionales policlasistas como el varguismo, el peronismo, el APRA y la revolución de Velasco Alvarado, la revolución boliviana del ‘52, Torrijos en Panamá y en la actualidad el proceso boliviano y venezolano. La manifestación argentina de ese proceso es el peronismo del 45 y su continuidad hasta los setentas. Los planteos de los militares de la década del 60 y 70 se aproximan a un reencuentro embrionario con la tradición industrialista vía el desarrollismo y buscan un acercamiento al “pueblo-nación” vía las nuevas experiencias tercermundistas entre ella la muy cercana del Perú. Los militares nacionalistas del periodo a lo largo del continente pueden ser identificados como “peruanistas” sin temor a equivocarse, por ser esta la experiencia militar mas desarrollada en el poder del Estado y que todos tomaban como referencia. Pero, en Argentina, parten de la situación particular de la existencia de una sociedad altamente movilizada y que identifica a las FFAA como partido de la reacción, además de la existencia del peronismo como fuerza nacionalista de masas que ya ocupa gran parte del espacio que estas fracciones militares reivindican para si.
El levantamiento de Azul y Olavarria es, en definitiva, la bisagra entre un nacionalismo militar aislado del proceso social en su conjunto, que a partir de allí busca vincularse con el movimiento de masas. Su posterior fracaso se encuadra en el fracaso en conjunto del movimiento de masas al cual se vincula su destino en ese momento histórico y es parte otro capítulo de nuestra historia.



Bibliografía, fuentes y entrevistas

AA.VV. (1987) Fuerzas Armadas Argentinas. El cambio necesario Bs. As. Galerna.
AA.VV. (2010) La construcción de la nación argentina: el rol de las Fuerzas Armadas Bs. As. Min. Def.
Ballester, Horacio (1996) Memorias de un coronel democrático Bs. As. De la flor
Día Loza, Florentino (1972) Las armas de la revolución Bs. As. Peña Lillo
Ferrari, Germán (2009) Símbolos y fantasmas. Bs. As. Sudamericana
Fraga, Rosendo (1988) Ejército: del escarnio al poder Bs. As. Planeta
Guglialmelli, Juan Enrique (2001) Pensar con estrategia Lanus UNLA
Guglialmelli, Juan Enrrique (1971) 120 días en el gobierno Bs. As. Pleamar.
Lanusse, Alejandro (1988) Protagonista y testigo Bs. As. Marcelo Lugones.
Mazzei, Daniel (2012) Bajo el poder de la caballería Bs. As. EUDEBA
Mercado Jarrín, Edgardo (1975) Seguridad, política y estrategia Bs. As. Mira
O`Donnel, Guillermo (1996) El Estado burocrático autoritario Bs. As. Belgrano
Rouquié, Alan (1981) Poder militar y sociedad política en la Argentina Bs. As. Emecé
Villegas, Osiris (1963) Guerra revolucionaria comunista Bs. As. Pleamar.

El Descamisado (1973) N2 y N3
Estrategia (1969) N1 y N2
Panorama (1971) N234
Todo es Historia N351 (1996)

Ballester, Horacio (2014)
Brawn, Fabián (2014)
Flashkampf, Carlos (2006)
Jauretche, Ernesto (2014)
Labanca, Rafael (2014)
Perdía, Roberto (2010 y 2013)
Tibiletti, Luis (2003) Entrevista Daniel Mazzei








[1] En un momento inicial el golpe contó con un importante consenso que iba más allá de la pasividad. Perón manifestó que había que “desensillar hasta que aclare” en señal que había que ver el rumbo que tomaban los militares. Aunque poco tiempo después llamaría a los peronistas a la lucha. Su pensamiento, según trascendidos, se puede resumir en esta frase “esta bien Onganía; unificó al Ejército, lo ordenó, lo aceitó. Pero eso no alcanza. Es como si César hubiera marchado hacia las Galias para pavimentarlas”. Algunos de los futuros líderes de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), en ese momento militantes marxistas de Tercer Movimiento Histórico, sacaban volantes que repartían en la universidad con expectativas en la revolución argentina. Antes de la Noche de que los Bastones Largos desvaneciera sus ilusiones en militares nasseristas.
[2] En noviembre de 1972 se produjo una rebelión de infantes de marina, encabezada por Julio Urien, militante montonero en la marina y relacionada con los oficiales del ejército que estudiamos aquí. Pero se encuentra inscripta en otro contexto.
[3] Jorge Raúl Carcagno general a cargo de la brigada aerotransportada de Córdoba y hombre que se encargó de las operaciones militares que permitieron la recuperación de la ciudad por parte del gobierno, manifestó una interpretación diferente de los hechos, negando que la revuelta fuera culpa de agitadores y adjudicando la responsabilidad a la situación económica. Lo mismo hizo Guglialmelli en Estrategia. Hay testimonios sobre jóvenes oficiales que manifestaron su disconformidad con la represión entre ellos los famosos Julián Licastro y Fernández Valoni
[4] En las revistas Estrategia N1 y N 2 se encuentra el programa que Guglialmelli sostuvo hasta 1976. Pero también en el discurso del general Jorge Carcagno en la CEA de Caracas en 1973, podemos encontrar las líneas básicas del pensamiento de la corriente nacionalista que se delinea en este periodo.
[5] Durante la gestión de Levingston el general Guglialmelli asumió la dirección del CONADE (entre junio y noviembre de 1970) e intento materializar sus ideas en geopolítica y planificación económica. Como en otras ocasiones los técnicos referentes del área economía del gobierno eran liberales promonopólicos que desalentaron sus propuestas. Pero el general no era una personalidad de aceptar pasivamente ser furgón de cola de políticas con las que no coincidía y se fue del gobierno con escándalo. El mismo Guglialmelli edito 120 días en el gobierno Bs. As. Pleamar 1971, donde transcribe y analiza una dura discusión del más alto nivel con los hombres del estabishment liberal convocados por la presidencia (Alemann, Moyano Llerena, Dagnino Pastore, Blaquier, Anchorena, Trozzo, etc.) en Junio de 1970. Poco después en octubre el liberal Moyano Llerena seria reemplazado por el desarrollista Aldo Ferrer (que fue ministro entre octubre de 1970 y mayo de 1971). El vivorazo que sacudió Córdoba en marzo de 1971, fue la señal para que los liberales decidieran deshacerse del contradictorio Levingston, cuya orientación política (continuar una “revolución” que cada vez perdía mas sustento) y económica (vacilar entre desarrollistas y liberales) no ayudaba a descomprimir la situación. Es necesario indicar que el gobernador cordobés impuesto por la dictadura era profundamente reaccionario, lo que suma nuevas evidencias de lo poco real de las expectativa nacionalistas de “reencauzar la revolución”.
[6] Ver Mazzei, Daniel (2015) “Soldados de Perón. Los jóvenes oficiales del Ejército y el Peronismo durante la ‘Revolución Argentina’” Mundo nuevo. Nuevos mundos. La primera conspiración del general Labanca aún se discute sobre su orientación. Era claramente antiliberal, pero los liberales lo acusan de intentar una movida interna para sacar a Lanusse de la jefatura y así reforzar a Ongania (se discute la implicación de mismo Onganía). Según el entonces coronel Bignone el objetivo de Labanca era neutralizar el golpe que pesaba dar Lanusse para colocar en la presidencia a Aramburu. Sin embargo los liberales en general usan este argumento (de que todas las conspiraciones estaban a su derecha) para aislar a los rebeldes, aun la misma muerte de Aramburu es leído por estos en ese registro. Sin embargo en testimonios a autor los hijos de Labanca afirman las convicciones nacionalistas antiimperialistas de su padre, como su simpatía inicial por Montoneros.
[7] Brown, Fabián (2014) entrevista de Guillermo Caviasca. El general Brown también indica la vinculación (lo señala como revinculación) de muchos leonardistas fuertemente opositores a Aramburu con el peronismo a partir de la hegemonía liberal. Se refiere a una corriente católica nacionalista con cierto tinte “populista”.
[8] El General Osiris Villegas, teórico de la lucha contra el comunismo y autor del clásico Guerra revolucionaria comunista advertía en su trabajo que la implicancia de las FFAA en la política cotidiana y en los conflictos sociales era uno de los objetivos de la infiltración comunista que llevaría a las FFAA a disgregarse.
[9] Álvaro Alsogaray, representante más conspicuo de las ideas liberales y hombre de la derecha militar liberal, se horrorizaba en ese entonces de que el dirigismo, el estatismo, el “antiimperialismo”, fueran una especie de sentido común en la sociedad, que abarcaba peronistas, radicales, militares, sindicalistas, etc.
[10] En el último reportaje dado por Levingston a

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